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sábado, 21 de noviembre de 2015

26. La búsqueda de Crisanto.

   Para cuando Crisanto fue consciente de la ausencia de Sigfrido era ya demasiado tarde. Aun así, el caballero, sopesando la posibilidad de que aquello se debiera a un mero retraso, decidió hacer un alto. Al ver que pasaban los minutos y que el joven no aparecía, pensó en ir él mismo en su busca. De buena gana se marcharía, abandonándolo a su suerte, pero sus votos lo obligaban a hacer lo mínimamente posible, y retroceder unos metros parecía una posibilidad muy a su alcance como para convencerse a sí mismo que hacía lo correcto si se marchaba sin más cuando sabía que no era así. 

   "Sólo lo justo para evitar remordimientos", se prometió a sí mismo.

—Oídme —dijo—. Voy a volver sobre nuestros pasos. Ese idiota se ha debido quedar atrás por algún estúpido motivo y no puedo abandonarlo sin intentar averiguar qué le ha pasado. Quisiera dejar claro que, en este caso, doy mayor importancia a intentar el rescate de esa escoria que lograrlo, si es que me explico.

   Alonso dio un paso hacia delante al tiempo que balbuceó algo.

—Iremos contigo —dijo Lúcida, que parecía traducir lo que su hermano pretendía decir.

—No. Vosotros debéis seguir, aun sin mí. Dirigíos al norte, sin desviaros. Llegaréis a un camino. Tomadlo hacia la derecha. Os llevará hasta un pueblo llamado Mediapiedra. Deberíais llegar allí poco antes del anochecer, si no me falla la memoria.

   Alonso protestó.

—No. Debo ir solo —cortó tajante Crisanto, que, esta vez, no necesitó de la traducción de Lúcida para saber qué trataba de decir el fornido hermano de ésta —Tu deber está para con ella, defendiéndola de todo mal.

—Pero queremos ir contigo —insistió Lucida.

   Alonso se agachó hasta quedar a la altura de la niña, a la que miró a los ojos.

—Lo que voy ha hacer es peligroso. No es seguro que vuelva, lo admito, lo cual, tratándose de quién es, incluso me enfurece. Pero necesito que hagáis lo que os he dicho, pues esos malditos cadáveres andantes, puede que por azar, se acercan al pueblo que antes os he mencionado. Quizás tengan sus propios problemas, pues estas calamidades se suceden por todas partes, aunque no como aquí. Al menos eso me dijeron mis superiores antes de partir, cuando me encomendaron la misión de informar de cuanto aquí sucedía, algo que, visto lo visto, no servirá de mucho —Crisanto aguardó un instante antes de proseguir—. Debéis llegar allí y advertirles del peligro. Que cierren las puertas de la empalizada, y que todo hombre capaz de luchar se disponga a ello con sus armas, las que tenga. No olvidéis mencionar que se les mata dándole en la cabeza. Y que envíen a su mejor jinete para que avise al rey, aunque de poco servirá, ya que no hace más que esconderse bajo las faldas de su mujer, tan frecuentadas a sus espaldas en la corte.

   Alonso se acercó a Crisanto y lo estrechó entre sus brazos. Éste, a su vez, no supo cómo reaccionar. Finalmente, acabó devolviéndole el gesto tímidamente.

—Eso es como decir que no volverás. Dijiste que nos alcanzarías antes de llegar a Mediapiedra —dijo Lúcida. 

—Y así espero que sea, niña —dijo el caballero—. Pero nadie puede dar por seguro qué sucederá tras el siguiente paso. Sólo el pasado es invariable. Aunque no espero que lo comprendas.

   Crisanto se apartó de Alonso, al que dio un leve empujón.

—Marchaos de una vez —casi suplicó.

   Tras un silencioso intercambio de miradas, Alonso y Lúcida se alejaron del lugar en la dirección que les indicó el caballero, que, a su vez, los contempló hasta perderlos de vista. Una vez en soledad, Crisanto desenvainó su espada y apoyó la punta en el suelo al tiempo que se arrodillaba con gesto solemne. Luego, sujetó la cruceta con ambas manos e inclinó la cabeza hacia delante en señal de respeto y sumisión a los dioses, a quienes pidió auxilio, además de encomendarles su alma. Una vez acabó la oración, se puso en pie y corrió decidido en la dirección opuesta a la que, hasta ese momento, había estado yendo. "¿Dónde diablos se habrá metido ese mentecato?", pensó mientras se movía por la espesura. "Si doy con él pienso sacarle las ideas a mamporro limpio. Se acordará del día de hoy. Vaya si se acordará, el muy desgraciado".

   No tardó en toparse con uno de aquellos malditos muertos vivientes, contra el que se lanzó de inmediato. "Voy a mandarte al maldito infierno del que has salido, porquería asquerosa", se dijo a sí mismo mientras cargaba contra el solitario enemigo, más para insuflarse ánimos que por bravuconería. La embestida fue brutal, saldándose con un salvaje golpe de mandoble que cercenó la cabeza del zombi, el cual fue rematado cuando la espada atravesó el cráneo, que yacía en el suelo, aún animado. Conforme más avanzaba, más frecuente se volvían este tipo de encuentros, acabando siempre del mismo modo. Sin embargo, la cantidad de enemigos aumentaba progresivamente, con lo que, aunque siempre se las ingeniaba para salir airoso de los enfrentamientos, sus problemas se iban acrecentando. De hecho, llegó a recibir alguna que otra herida. 

   Cuando acabó con el último zombi de un grupo de cuatro, tuvo que detenerse a tomar aire. Ya no era aquel joven impetuoso al que le sobraban las energías. Para colmo, aquella prominente tripa suya le pesaba más a cada día que pasaba, al igual que sus cortas piernas, incapaces de brindarle una zancada digna de mención. "Y los años, Crisanto, que no perdonan. Sí, los años hacen que la espada pese más", pensó.

   De súbito, una multitud de muertos emergió de entre los árboles que se erguían frente a él. 

   El día comenzaba a declinar, lo cual le hizo entender que había perdido la noción del tiempo a causa de los muchos combates que había librado.

   "Me he excedido en mis obligaciones. Esa rata asquerosa no merece que desperdicie tantas fuerzas en él", se lamentó Crisanto, que, agotado, volvió a empuñar el arma.

—¡Venid! —gritó desafiante—. ¡Venid de una vez, desgraciados!

   Entonces, una figura encapuchada, toda ella vestida de negro, y que portaba una enorme y extraña espada, se abrió paso entre los zombis, que, en lugar de abalanzarse sobre el caballero, aguardaban inmóviles, como esperando una orden que se hacía de rogar. Aquel ser, tras contemplar en silencio a Crisanto, lo señaló con la espada. Luego, habló con voz sibilante, empleando una lengua que ningún hombre había oído jamás. Al fin, los muertos comenzaron a caminar, y Crisanto, por primera vez en su vida, quedó paralizado por el miedo. 

   En ese preciso momento, no muy lejos de allí, Sigfrido era conducido a la fuerza hacia la casa de donde huyera esa misma mañana junto a los otros por la acción de una poderosa fuerza invisible; el espectro del niño. 

   "Debes impedir que me transforme en un monstruo".

   Imagen tomada de www.quieroimagenes.com Desconozco al autor de la misma, por lo que agradecería cualquier referencia sobre éste para así darlo a conocer. Si, por el contrario, el creador prefiriese la retirada de su obra de esta publicación, no tiene más que hacérmelo saber.


viernes, 13 de noviembre de 2015

25. Brujas en el camino.

   Viendo Cornelio que la crisis de Sigfrido parecía no tener fin, agarró a éste de la solapa y lo condujo, pese a su negativa inicial, hasta la parte de atrás de la casa. Una vez allí, el viejo señaló hacia unos pantalones arrugados que yacían en el suelo, y sobre los cuales podía verse un brazo cercenado, el de la bruja, que presentaba algún que otro pequeño mordisco. —¿Por qué clase de animal me has tomado? ¿Pensabas realmente que nos habíamos comido un trozo de una de esas malditas? —dijo Cornelio—. Tan sólo me he vengado de tu falta de interés por socorrerme cuando te pedía auxilio siendo preso de esas brujas. Tendrías que haber visto tu cara. 

   Sigfrido pareció aliviado,aunque también contrariado. 

—¿Qué hemos comido entonces? —preguntó. 

—Ratas. 

—¿Ratas? 

—Así es, ratas. Dos, para ser precisos —aclaró Cornelio—. Corté el brazo de la bruja y lo puse sobre los pantalones, que huelen francamente mal, y me oculté. En cuanto apareció una, la dejé comer y ¡zas! Le arrojé el hacha. Más tarde llegó otra y también le di matarile. Soy muy bueno con el hacha, sabes. 

—¿He comido carne de rata? —se escandalizó Sigfrido. 

—Muchacho, no sé a qué estabas acostumbrado comer, pero deberías comprender que los tiempos han cambiado para peor, y lo han hecho de golpe. Mucho me temo que, en adelante, el queso y el vino, aunque uno mate el sabor del otro, serán algo más que un privilegio. 

   Sigfrido no dijo nada. Sabía que el viejo tenía razón. De repente se vio a sí mismo recibiendo aquella jarra de vino de manos de Lúcida, hacia ya algunas semanas, y cómo disfrutó al beber de ella. Quizás podría pasar sin queso, pero no se veía capaz de soportar demasiado tiempo lejos del vino. 

—Ahora ven conmigo. Debemos marcharnos de aquí, pero nos falta algo por hacer —dijo Cornelio, que llevó a Sigfrido hasta el lugar donde estaban las brujas. 

—Tenemos que apartar los escombros que las sepultan —dijo, mientras se hacía con una de las piedras, no sin esfuerzo, y la echaba a un lado. 

—¿Pretendes enterrarlas también a ellas? —preguntó, incrédulo, Sigfrido. 

   El viejo siguió con la tarea que se había encomendado, sin prestar atención a Sigfrido. 

—Puedes quedarte ahí parado y dejar que un anciano cargue con todo el trabajo, o callar esa bocaza y ponerte manos a la obra. La curiosidad mató al gato, y sería una pena, pues éste acaba de llenar la tripa comiéndose una rata. Anda, ponte a mover piedras y verás cómo ronroneas. 

   Sigfrido estuvo a punto de decir algo, pero no sabía muy bien si sería adecuado, por lo que acabó ayudando a Cornelio en la tarea de apartar los escombros donde se hallaban sepultadas las brujas, que, poco a poco, se fueron haciendo más visibles. Posar los ojos sobre sus deformados rostros, que ofrecían un gesto verdaderamente horrible, resultó ser algo ciertamente aterrador. 

—Dan miedo incluso muertas —comentó Sigfrido, que hacía lo posible por apartar la vista del rostro de las brujas. 

—No más que cuando están vivas —dijo Cornelio. 

   Cuando consideraron que no necesitaban apartar más escombros, el viejo hizo señas a Sigfrido para que se acercara. 

—Ayúdame a desvestir a ésta —dijo. 

—¿Cómo dices? ¿Pero qué es lo que pretendes? 

—Nada bueno si sigues con esa actitud de niño asustado. Ayúdame de una puñetera vez. Ya te explicaré luego. 

   Sigfrido, sorprendido por las formas de Cornelio, obedeció, aunque no de muy buena gana. Desvistieron a la primera bruja, que resultó ser la que tenía un brazo de menos, y a la que sólo dejaron puesto un largo camisón interior, más por miedo a lo que pudieran ver que por pudor. Lo mismo hicieron con la otra, cuyos grandes ojos abiertos, salidos de sus órbitas, parecían seguir a Sigfrido allí donde fuese. 

—¿Qué haces? —preguntó el viejo al muchacho, cuando vio que éste cogía una piedra de las que habían apartado y la llevaba de vuelta al montón —No pretenderás enterrarlas de nuevo bajo esos escombros. No te creo tan estúpido. 

   Sigfrido colocó la piedra con cuidado sobre la cara de la última bruja a la que habían desprovisto de su ropa. 

—Ésta me pone nervioso. No hace más que mirarme —dijo. 

—Sí, ya me había fijado. Quizás no está tan muerta como debiera —dijo Cornelio, que se acercó hasta la piedra recién puesta por Sigfrido, sobre la que puso el pie y presionó con fuerza hacia abajo, produciéndose entonces un desagradable sonido —. Ya no mirará más —sentenció. 

   Sigfrido se sobresaltó, pues no esperaba aquella violenta reacción por parte de Cornelio. 

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó nervioso. 

—Ponernos sus ropas, desde luego —dijo el viejo—. Ellas ya no las necesitan, y a nosotros podrían servirnos. Además, tu cota de mallas no luce tan brillante después de tus vómitos de niño mimado. 

—¿Sus ropas? ¿Para qué? 

   Cornelio ya trataba de ponerse uno de aquellos vestidos negros como el tizón. 

—Nadie sospecharía de dos brujas, y si lo hace, se lo pensará dos veces antes de incordiarlas con preguntas incómodas. Estamos en territorio enemigo, muchacho —dijo. 

—¿Y cómo pretendes que pase por una bruja con estas barbas? 

   Cornelio sonrió malicioso.

—Eso tiene arreglo. Ya te he dicho que soy muy bueno con el hacha —bromeó. 

—Ni lo sueñes —dijo Sigfrido, con cierta preocupación. 

   Así fue que ambos acabaron vestidos de brujas, incluyendo en sus disfraces aquellos peculiares y llamativos sombreros picudos. Sigfrido acabó el último, pues se negaba a renunciar a la protección que le otorgaba la cota de mallas, la cual se afanó en limpiar como pudo con los andrajos que vestían los cuerpos que yacían en el suelo. Una vez quedó, más o menos, de su agrado, se puso el vestido por encima, no sin antes ponerse unos pantalones que arrebató a un cadáver, tratando de evitar así el contacto de sus piernas desnudas con aquella tela. Luego, a pesar de no ser en absoluto un buen espadachín, se colocó el cinto donde envainaba la vieja espada oxidada, que le acompañaba a todas partes desde que se la diera el tristemente desaparecido padre de Lúcida y Alonso. También Cornelio se las ingenió para llevar el pequeño hacha de mano colgado del vestido con una suerte de guita. Entonces, fijándose en el tono entre marrón y grisáceo de la piel de las brujas, se oscurecieron el rostro restregándose tierra con las manos. Después, Cornelio tomó las escobas, un tanto astilladas y torcidas, y le pasó una a Sigfrido, que la tomó indeciso. 

—Endurece ese rostro, muchacho —dijo el viejo—. Ahora somos un par de malvadas brujas, a pesar de esa barba tuya, y se supone que comemos niños. Vamos, no olvides caminar encorvado.

   Y aquellas extrañas brujas, al fin, echaron a andar.

   Imagen tomada de www.encuentos.com Desconozco al autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para así publicar su nombre. Si éste lo prefiriese, retiraría su obra de esta publicación en cuanto así me lo hiciera saber.


martes, 10 de noviembre de 2015

24. Una comida del todo inesperada.

   Convencidos de que lo primero que debía hacerse era dar un digno entierro al pobre niño fallecido, Sigfrido y Cornelio se dedicaron en cuerpo y alma a cavar un hoyo a tal efecto. Para ello se ayudaron de un par de viejos azadones que hallaron junto a un montón de leña que había apilada al lado de la casa, o mejor dicho, de lo que quedaba de ella. También encontraron un pequeño hacha con el mango desgastado por el uso del que se apropió de inmediato el anciano. "Esto podría servirme de ayuda para hacerme respetar", murmuró para sí al cogerlo.    La tarea de preparar una tumba con aquellas herramientas, más apropiadas para otros menesteres menos lúgubres, se hizo cada vez más ardua, tanto, que no tardaron en bajar el ritmo, que había comenzado siendo alto y vigoroso, hasta el punto de que Cornelio, siendo el de más edad, acabó soltando el azadón, prácticamente exhausto, y se dejó caer en el suelo, apoyando ambas manos en el firme y echando la cabeza hacia atrás, como si así pudiese respirar más aire para sus necesitados pulmones. 

—Me duele todo el cuerpo —dijo entre suspiros—. Es la edad, muchacho. Ya sabrás a qué me refiero, si es que logras llegar a mis años, claro. 

   Sigfrido aprovechó el momento para detenerse y tomar algo de aire, aunque tratando de aparentar estar aún lleno de energías, lo cual no era cierto. 

—No te ofendas, viejo, pero espero llegar a tus años y cumplir muchos más —dijo jovial. 

—Y yo espero seguir vivo para verlo con mis propios ojos, jovencito. 

   Sigfrido rió, aunque fue una de esas risas que nacen de la nada, pues no son realmente sentidas por quien las deja salir. 

   Cornelio mantuvo el semblante serio. 

—Lo más probable es que ambos muramos pronto —dijo—. Esas cosas, que parecen salidas de esas historias de terror que se les cuentan a los críos, no parece que estén jugando. Acaban con toda persona viva con la que se topan, ya sea un viejo como yo —Cornelio posó entonces su mirada en el cadáver del crío—, o un chiquillo como él.

   Sigfrido dejó de reír. 

—Oye, no puedo seguir cavando, pero tampoco quiero estar parado todo el rato mientras tú haces el trabajo duro —volvió a decir Cornelio, mientras se esforzaba por ponerse en pie—. Iré a buscar algo de comer.

—Esa es una buena idea —dijo Sigfrido, que no sabía muy bien cómo se las apañaría el viejo. 

   Tras un buen rato, Sigfrido logró cavar un hoyo lo suficientemente profundo. Acomodó en el interior del mismo al pequeño como mejor pudo y comenzó a llenarlo de tierra. Lo primero que hizo fue sepultar aquel rostro sin vida, pues su visión le partía el alma. Luego siguió por los pies, las manos, y, finalmente, el resto del cuerpo. Una vez perdió de vista el cadáver, ya más relajado, continuó echando tierra al agujero hasta que éste quedó completamente tapado. Tomó un puñado de piedras y las amontonó sobre la tumba a modo de lápida, y mirando hacia ellas, dedicó un pensamiento en honor del infeliz chiquillo, esperando que, de existir alguno de los muchos dioses que eran adorados en aquel mundo que se desmoronaba, lo acogiera en su seno. 

   El viejo se le acercó por detrás en silencio, y ambos mantuvieron durante un momento una actitud respetuosa. 

—No sé si tú olfato de joven te habrá advertido de que he cocinado algo —dijo Cornelio en actitud cómplice. 

—Ahora que lo dices, sí que huele a comida —celebró Sigfrido—. ¿Cómo te las has apañado? 

   En el interior de la casa, Cornelio tenía un fuego encendido, y sobre un par de platos puestos en el suelo, descansaban algunas tiras de carne recién asadas.

   Sigfrido apenas podía creerlo. Miró a Cornelio de veras agradecido. 

—Habría sido incapaz de hacerlo sin esta preciosidad —aclaró el viejo, que mostró orgulloso su recién adquirida hacha a Sigfrido. 

   Comieron con apetito, aunque no pudieron acompañar la comida con nada de beber, ni siquiera agua, pues, aunque había un pequeño arroyo cerca, algunos de los zombis abatidos por Alonso y Crisanto durante la refriega de la mañana anterior, en la que trataban de poner a salvo a Pezuño, la montura del caballero, habían caído en medio de la corriente, y tanto Sigfrido como Cornelio convinieron que podrían soportar la sed hasta otro momento más propicio. 

—¿Qué les pasó a tus pantalones? —preguntó de repente Cornelio, dedicando una curiosa mirada a las piernas desnudas de Sigfrido. 

—Es una larga historia —respondió éste incómodo. 

—Creo que los he encontrado. 

—¿Cómo? 

—Fue mientras preparaba la carne. Traté de buscar el origen del mal olor que hay en este sitio, un hedor nauseabundo. El rastro me condujo hasta unos pantalones arrugados llenos de mierda, para ser claros —Cornelio miró fijamente a los ojos de Sigfrido—. Los dejé ahí fuera, detrás de la casa, por eso del mal olor. ¿Son los tuyos? 

—¿Mis pantalones, dices? ¡En absoluto! ¿Ves la cota de mallas que visto? ¿Ves la espada que cuelga en la vaina de mi cinto? Soy un guerrero. Hirieron a un amigo muy querido durante una batalla. Ya no quedaban vendas de ninguna clase que aplicar, así que no dudé en quitarme los pantalones y decirle al sanador que le atendía que los usase para tapar sus heridas. Por eso no tengo pantalones. 

   Cornelio guardó un largo silencio, durante el cual, siguió sin apartar la mirada de Sigfrido, que empezaba a inquietarse. 

—Ya —dijo con sequedad. 

   El silencio amenazaba con volver a imponer su gélido dominio entre los dos hombres. Sigfrido, cada vez más nervioso, decidió dar por terminada la conversación. 

—Tomaré un poco el aire —dijo. Y salió de la casa, yendo a detenerse junto al montón de escombros que sepultaba a las brujas. 

   Algo llamó su atención, una de las extremidades que sobresalían de las piedras había desaparecido, quedando la manga del vestido vacía donde antes hubo un brazo. Extrañado, Sigfrido se dispuso a examinarla, descubriendo que aquel brazo, o lo que quedaba de él, acababa en un muñón a una altura muy cercana del hombro de la hechicera. Alguien había cortado lo que faltaba a golpe de hacha. 

—¿De dónde has sacado la carne que hemos comido? —preguntó a voz en grito, horrorizado, a punto de enloquecer de asco. 

—Estaba deliciosa, ¿verdad? —respondió Cornelio entre risas—. A mí me ha sabido a gloria. 

—¿Cómo has podido hacer algo así? No lo comprendo. Te negaste a beber agua del arroyo porque había cadáveres y sin embargo haces esto —protestó Sigfrido, que comenzaba a tener arcadas. 

—¿Qué esperabas? Soy mayor. No puedo correr detrás de un conejo. Pero, si te fijas, aquí tampoco hay conejos tras los que correr, sólo muertos. Muertos que se comen a los vivos y brujas que no pretendían nada bueno. Seguramente también querrían comerme. ¿No recuerdas los cuentos? Si ellos nos comen a nosotros, ¿por qué no nos los comemos nosotros a ellos? Eso pensé mientras buscaba la comida, y eso fue lo que hice —dijo Cornelio, que se había ido acercando a Sigfrido conforme hablaba—. Y no te quepa la menor duda de que volvería a hacerlo. 

   Entonces, el apellidado Valorquebrado no pudo evitar vaciar su estómago, esta vez, al contrario que sucediera en otras ocasiones, por el mismo lugar por el que la comida había entrado. 

   Mientras tanto, el viejo no paraba de reír maliciosamente.

   Imagen tomada de www.leblogpatrimoine.com Desconozco su autor, por lo que cualquier referencia sobre el mismo será bienvenida. Si éste prefiriese que su imagen fuese retirada en lugar de recibir una merecida reseña, no tiene más que decirlo.


domingo, 8 de noviembre de 2015

23. Durmiendo entre cadáveres.

   Sigfrido necesitó un dilatado momento para poder apartar la vista del anciano, que yacía a sus pies sin sentido.
   Abrumado por los últimos acontecimientos y la velocidad con la que éstos se habían desarrollado, sintió cómo un repentino cansancio se apoderaba de él, haciendo que sus párpados pesasen demasiado como para resistirse por más tiempo a caer en las redes del sueño. Pero no podía dejar al viejo allí; la pared había cedido, y el interior de la pequeña casa, o lo que quedaba de ella, era ofrecido gratuitamente a todo el que pasase y quisiera mirar. Decidió reunir los pocos muebles que veía y amontonarlos junto a una de las esquinas, improvisando así una suerte de refugio. Después, fue hasta donde se encontraba el anciano y lo arrastró hasta ponerlo a buen recaudo en el nuevo escondite. Se tumbó junto a él y, justo antes de ceder al sueño, su mente creó la inquietante visión de una manada de lobos hambrientos que, atraídos por el olor de la carne de los zombis abatidos y del que desprendía el propio cadáver del niño, llegaban y comenzaban a devorarlo todo. ¿Qué ocurriría si aquel pensamiento era premonitorio y se volvía real? Cabía la posibilidad de que alguno de aquellos animales quisiera husmearlo todo y diese con ellos mientras dormían. Sintió escalofríos al imaginarse una horrible escena en la que despertaba mientras, tanto él como el viejo, eran mordidos por una jauría de enormes y feroces lobos salvajes. No. No podía permitir que sucediese algo así. ¿Pero cómo evitarlo? Miró al anciano, que seguía sumido en un profundo sueño.

   De repente, supo lo que tenía que hacer. 

    Tras suspirar pesadamente, Sigfrido se incorporó, lo cual hizo con extrema lentitud y cautela; por nada del mundo debía hacer ruido, eso al menos le decía su intuición. Volvió a tomar al viejo del mismo modo en que lo hizo antes y comenzó a arrastrarlo hasta el lugar donde éste había perdido el conocimiento. Allí lo dejó, con el mismo cuidado con el que debería ser tratado un familiar enfermo que es muy querido, y volvió a la frágil seguridad que le otorgaba el rincón donde había amontonado los muebles. De ese modo, si sus temores cobraban forma y, finalmente, eran visitados por una manada de lobos o algo similar, incluso peor, cabía la posibilidad de que éstos calmasen su hambre con la carne de los cadáveres que había alrededor de la casa, incluido el del pobre niño, y que, si aun así sus estómagos exigían más, terminaran saciando el apetito con la del viejo, que no parecía tener mucho que ofrecer en ese aspecto, quedando él como la última y más difícil opción a la que hincar el diente. 

   A pesar del agotamiento, tardó en conciliar el sueño, pues el sentimiento de culpabilidad por lo que pudiera pasarle a aquel hombre se resistía a abandonarlo. Cuando logró cerrar los ojos y dormir, algo que sólo el agotamiento propició, tuvo un inquietante sueño en el que era perseguido de forma incansable por una siniestra sombra que albergaba dudosas intenciones para con él. 

   Cuando despertó, cosa que sucedió a la mañana siguiente, un tanto sobresaltado, comprobó con alivio que el anciano aún seguía donde lo había dejado. Se acercó a él y se aseguró de que no le faltaba ningún trozo y que seguía respirando, cosa que, por fortuna, así era. Luego fue a sentarse donde había estado la puerta antes de que todo acabase patas arriba y contempló durante largo tiempo el desolador paisaje. Recorrió con la vista todos y cada uno de los cadáveres que yacían en el suelo preguntándose quienes y cómo habrían sido antes de acabar así. Cuando llegó al del pobre niño no pudo evitar sentir compasión. Sobrecogido, desvió la mirada, y sus ojos dieron con el lugar donde habían perecido las brujas, sepultadas por los escombros de la malograda pared contra la que habían chocado de una forma tan estrepitosa. 

—Tuvieron el final que merecían —dijo el anciano desde detrás, que, al fin, había recobrado el conocimiento—. Ellas y todos esos malditos muertos que caminan —el viejo calló de repente—. ¿Y ese pobre niño? Deberíamos darle un entierro adecuado a esa criatura. 

—Sí. Deberíamos —respondió Sigfrido. 

   El anciano, que aún seguía aturdido, miró a su alrededor, como tratando de cerciorarse que en realidad se hallaba en aquel lugar. 

—¿Qué hacen todos esos muebles apilados en el fondo de la casa? No los recuerdo así anoche —dijo extrañado. 

—Anoche estaba oscuro y no se veía nada —mintió Sigfrido. 

—No estaba tan cerrada la noche como para no ver nada. Yo te vi a ti cuando esas malditas zorras me llevaban colgando por los aires con sus infernales escobas. Te pedí auxilio, y no recuerdo que me lo prestaras —repuso el viejo, con tono acusador. 

—Te dejé pasar aquí la noche, por si eso te sirve.

—Acabé con esas brujas, aunque sólo fuera por un golpe de suerte. Creo que me gané con creces tu gratitud. 

—También echaste la casa abajo. 

   El viejo señaló a las brujas. 

—Eso lo hicieron ellas, no yo. 

   Hubo un momento de silencio en el que los dos hombres se sostuvieron la mirada. 

—Cornelio Malhadado —dijo el anciano, que tendió la mano a Sigfrido. Éste, a su vez, se presentó dando su nombre y, por supuesto, estrechando la mano que le era ofrecida. 

   Aquel apretón de manos no fue precisamente el que se dan dos hombres de firmes principios, algo que no escapó a ninguno de ellos.

   Imagen tomada de www.fondosmatrix.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder dedicarle una más que merecida reseña o retirarla de la publicación si así lo pidiese.


martes, 3 de noviembre de 2015

22. El vuelo de las brujas.

   Sigfrido, aún con el cuerpo del niño entre los brazos, contemplaba absorto lo que sucedía por encima de su cabeza, incapaz de mover un solo músculo, tal era su sorpresa. Y es que, una mujer, toda ella vestida de negro y tocada con un sombrero picudo del mismo color, sobrevolaba el cielo estrellado montada sobre una vieja escoba mientras reía a diestro y siniestro, tal como haría alguien que pierde la cabeza y le encuentra la gracia a cualquier cosa, sea lo que sea. Allí por donde pasaba iba dejando una suave estela de lo que parecía una especie de humo blanquecino que tardaba unos segundos en disiparse. Otra bruja, pues no podía tratarse de otra cosa, se acercó a la primera. También ésta reía de aquella forma tan demencial. Con una de las manos, tal como pudo apreciar Sigfrido con horror, agarraba sin ningún cuidado lo que parecía un enclenque anciano, que, aterrorizado, se balanceada de un lado a otro en el vacío al tiempo que agitaba inquieto las extremidades y lanzaba desesperados gritos pidiendo auxilio. Sin previo aviso, la malvada hechicera lanzó al viejo hacia su compañera sin mostrar la menor consideración, como si se tratara de un singular juego de pelota. Ésta, que se hallaba concentrada en lo que pudiera ver en el suelo, quizás buscando alguna otra presa, se percató del pasatiempo que proponía su pareja de vuelo cuando todo parecía indicar que el infeliz hombre caería sin remedio. Lo atrapó con la habilidad propia de un halcón y volvió a elevarse con él, alargando así el tormento de la pobre víctima, que no paraba de proferir terribles alaridos. Sigfrido, dándose cuenta de que, gracias a eso, aún no había sido descubierto, soltó el cadáver que abrazaba sin el menor reparo y corrió a ocultarse a la casa muerto de miedo. Justo cuando entraba en la misma y agarraba la puerta para cerrarla, oyó la voz del anciano, que desde las alturas le pedía desesperado que lo socorriera. "¡Ayúdame, muchacho! ¡Ayúdame!", decía.   Pudo sentir cómo las brujas cambiaban el tono de sus malévolas carcajadas, sin duda, intuyendo muy acertadamente que había alguien más allí aparte de ellas y su presa para que ésta hubiese reaccionado de ese modo.

   "¡Maldición!", pensó.

   Aún sin cerrar, con la puerta entornada, esperando obtener algo de cobijo con la negrura, Sigfrido acabó cediendo a la curiosidad y se asomó con extremo cuidado para fisgonear. ¿Qué estaría pasando?, se preguntaba. Tuvo que fijar la vista de nuevo para descubrir que las brujas habían descendido con brusquedad hasta casi tocar el suelo, y que volaban a ras del mismo en dirección a la casa.

   En un momento dado, el viejo, reuniendo fuerzas de flaqueza, sin nada que perder, logró dar un manotazo en la fea cara de la bruja que lo llevaba casi arrastrando. Ésta, que no esperaba algo así, acusó el golpe en exceso, y la escoba, que quedó momentáneamente sin control, comenzó a describir una trayectoria de vuelo de lo más desconcertante, yendo a chocar con la que montaba su compañera. El anciano salió despedido hacia un lado, mientras que las brujas gritaban y maldecían en medio de un remolino de brazos y piernas, habiendo iniciado sus escobas un giro sobre sí mismas que no se detendría hasta llegado un desenlace que Sigfrido comenzó a temer, pues aquel peculiar vuelo de brujas prometía acabar con un aterrador impacto contra la fachada de la casa en la que se ocultaba.

   No había tiempo que perder.

   Cerró la puerta de golpe y corrió a refugiarse justo detrás de la pared de la derecha. Angustiado en exceso, pensó que, quizás, estaría más seguro en la otra parte, sin embargo, tras sopesar varias posibilidades, decidió ir hacia el lado más alejada de la puerta, justo enfrente, pero no logró llegar allí antes que un estremecedor ruido le hiciera saber que las brujas y sus escobas mágicas habían llegado violentamente al destino que había predicho un instante antes. Ya no reirían ni gritarían más, o eso creyó él, un tanto aliviado, por cierto. En ese momento pensó en el viejo, en la valentía que había mostrado al final, plantando cara a un ser que a él mismo le habría hecho permanecer inmóvil a causa de la impresión, por no entrar en más detalles. "Los buenos siempre mueren antes", se dijo entristecido. "Ese hombre merecía seguir vivo".

   Fue entonces que alguien llamó a la puerta. Parte de la pared de ese lado cedió de inmediato, cayendo con estrépito y llenándolo todo de cascotes. El techo apenas aguantaba. Sólo la puerta, que no se apoyaba en casi nada, y las otras tres paredes seguían en pie. En el lugar donde, debido al accidente, se había efectuado el derrumbe, tres manos, dos pies calzados con zapatos negros de tacón ancho, y los extremos astillados de dos escobas sobresalían de entre los escombros. Sigfrido, que apenas sí salía de su asombro, abrió la puerta, que también acabó en el suelo con estrépito. En ella sostuvo la mirada un instante, incrédulo a la vez que confuso, para luego alzarla lentamente, hasta toparse con unos ojos nerviosos y llenos de vida, a pesar de hallarse alojados en un rostro carcomido por el tiempo y, por supuesto, también lleno de magulladuras a causa del tremendo golpe.

—Parece que alguien ha tenido problemas con su escoba últimamente —dijo el anciano, mostrando una inquietante sonrisa—. Siento lo de la casa, muchacho —volvió a decir. 

   Y entonces, sin previo aviso, perdió el conocimiento, dejando a Sigfrido con un palmo de narices en medio de aquel calamitoso escenario. “Podría ser peor“, pensó desorientado, tratando de darse unos ánimos de los que se sentía demasiado lejos.

Imagen tomada de www.elceluloidedeavogadro.blogspot.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder dedicarle una más que merecida reseña o retirarla de la publicación si así lo pidiese.


domingo, 1 de noviembre de 2015

21. La paz del fantasma.

   Tras una angustiosa e interminable espera, Sigfrido, aún agitado y en exceso tembloroso, confiando, aunque no del todo, en que aquella hueste de muertos vivientes y su siniestro cabecilla se hallasen lo suficientemente lejos, descendió del árbol, lo cual no resultó nada fácil dado el estado de nervios en que se encontraba y sus limitadas dotes de escalador. Por más que lo intentaba, apenas alcanzaba a ver a su alrededor debido a la creciente oscuridad, pero una pequeña mano, invisible y gélida, tomó la suya y le fue guiando, con cierta premura, a través del monte. Adivinando el lugar al que era guiado, aun comprendiendo que la causa era noble y justa, una parte del joven, aquella que prefería rehuir todo tipo de problemas a cualquier precio, concluyó, tal como sucediera siempre, rebelarse. Al principio, Sigfrido se limitó tímidamente a intentar liberar su mano dando leves tirones mientras llamaba a la razón en un tono cordial, algo que no surtió el efecto esperado, por lo que acabó ayudándose de su cuerpo, echando todo el peso del mismo hacia atrás en lo que era un desesperado intento de fuga de lo más infantil. La impotencia llevó al muchacho a usar palabras cada vez más funestas e hirientes con objeto de obtener una libertad que ni siquiera estuvo cerca de lograr, pues el fantasma, firme en su decisión, ni siquiera dio muestras de pretender castigar las muchas impertinencias que por su boca soltó Sigfrido. De esa guisa, él tirando hacia un lado mientras que el espectro lo arrastraba contra su voluntad hacia el otro, llegaron a la casa sin el menor contratiempo. Una vez en su interior, estando todo sumido en la más absoluta negrura, el espíritu del niño hizo que Sigfrido, aun a ciegas, agarrase el cuerpo sin vida que ocupara en el pasado reciente y lo sacase a rastras al exterior, donde la luz de la luna y las estrellas hacían que la noche no fuese tan cerrada, tan lúgubre. El cuerpo quedó tumbado hacia arriba, con los ojos desmesuradamente abiertos, terriblemente inexpresivos. 

   Sigfrido trató de no mirar.

—¡No debiste hacerme cargar contra la maldita puerta! Sé que eras tú quien, de algún modo, me obligaste —protestó—. Yo no debería estar aquí.

   Un nuevo tirón lo obligó a moverse hacia el lugar donde yacía el zombi que estuviera a punto de morderle hacía algunas horas, el mismo al que Lúcida clavara la estaca de madera que con tan poca gracia él mismo había tallado, salvándole así de una muerte segura, y que a punto estuvo de usar aquella mañana para traspasar el corazón del cuerpo sin vida del niño, justo cuando Crisanto irrumpía en la casa, impidiendo así lo que a ojos del caballero era una obscena aberración. En aquel momento, Sigfrido estuvo dispuesto ha hacer lo que le pedía el espíritu, sin embargo, ahora, agobiado por la terrible visión de aquel ejército de no muertos, su mayor preocupación era escapar de inmediato. Que aquel niño acabase convertido en una especie de demonio no le parecía que pudiera suponer un cambio significativo en los acontecimientos que en adelante pudieran darse, teniendo en cuenta los terribles hechos de los que había sido testigo hasta el momento. A su modo de ver, todo se reducía a intentar salvar el pellejo de la mejor manera posible, algo que aquel ser etéreo no parecía dispuesto a considerar lo más mínimo, pues su interés por evitar su transformación en un monstruo era justamente contrario al de Sigfrido. El espectro, manteniendo un frío e inquietante silencio, hizo que tomara el trozo de madera. Sigfrido, cansado de tanto forcejear, ya apenas sin ánimo, no opuso resistencia. Luego, fue llevado al lugar donde había dejado el pequeño cadáver, sobre el que se sentó a horcajadas. Entonces, se dejó alzar las manos, que sostenían la estaca con relativa firmeza, y justo cuando sintió que era obligado a bajar los brazos sobre el pecho del niño, quizás impulsado por la necesidad de mostrar los dientes una última vez al menos, decidió volver a luchar sin tener en cuenta las horribles consecuencias que aquello podría acarrear.

   Al principio, quizás debido al efecto sorpresa, parecía que ganaba terreno en la pugna, pero la fuerza de aquella presencia invisible era atroz, por lo que pronto se vio, al igual que sucediera antes, limitándose a retrasar lo inevitable, pues le quedaba claro que no sería su voluntad la que acabaría imponiéndose en tan peculiar enfrentamiento.

   De súbito, a Sigfrido se le ocurrió una treta que bien podría resultar. Cuando la punta de la estaca ya descendía en dirección al cadáver, estando todavía sus brazos en alto, simuló perder todas sus fuerzas aun para mantener el sentido. De ese modo, quedó con todo el cuerpo colgando prácticamente de sus extremidades, que eran sostenidas por el espectro, que mantenía ambas manos en torno a la estaca. Tras esto, la presión del fantasma, aunque seguía siendo firme, descendió considerablemente, lo que aprovechó Sigfrido para revolverse del mismo modo que lo haría un felino que es abrazado más tiempo del que considera oportuno. Se vio libre por un instante, momento que aprovechó para salir a gatas tan rápido como pudo. Sin embargo, sus esperanzas no lograron dilatarse mucho en el tiempo, pues fue sujetado por los tobillos primero y arrastrado después mientras lamentaba su suerte con sonoras quejas y patéticos lloros.

   Finalmente, Sigfrido acabó, nuevamente, junto al cuerpo del crío, empuñando aquella estaca con la que habría de perforar su pequeño e inerte corazón. Cuando ya todo parecía dispuesto para dar el último paso, la presencia invisible pareció esfumarse repentinamente, dejando libre al muchacho, que, incrédulo, pensó que debía tratarse de una cruel burla por parte de ésta, por lo que no se dejó llevar por ningún impulso promovido por la propia alegría de verse otra vez dueño de sí mismo. Tras un prudencial tiempo de espera en el que nada pasó, concluyó que, en efecto, algo debió suceder que hizo que el fantasma se esfumase, algo del todo inesperado. 

   "Quizás, se lo ha pensado mejor", se dijo Sigfrido. "Después de todo, le dejé bien claro que no quería hacerlo".

   Tras recobrar el aliento, tuvo la firme intención de alejarse de aquel lugar, aunque, desorientado, no sabía muy bien en qué dirección habría de dirigir sus pasos. Fue entonces que su vista se detuvo en el rostro de aquel niño sin vida, no pudiendo evitar sentir lástima por él. La muerte le había sobrevenido demasiado pronto, siéndole cruelmente otorgada por sus propios padres y hermanos, a quienes hubo cuidado hasta el último momento.

   "Pobre niño", pensó. "Debió ser un momento terrible para ti, ver como aquellos a quienes amabas se echaban sobre ti anhelando hacerte daño".

   Sigfrido se acercó al cuerpo, al que tomó entre sus brazos y estrechó contra su pecho en un enternecedor gesto. Entonces, con la mirada fija en la noche, comenzó a mecerlo, al igual que hiciera su madre con él cuando, siendo pequeño, rompía a llorar, cosa que sucedía a menudo.

—Ya, mi niño, ya todo acabó. No habrá más dolor, no habrá más llanto —dijo entre susurros. Y, con lágrimas asomando a sus ojos, con la voz a punto de quebrársele, comenzó a entonar una vieja canción de cuna, la cual no pudo acabar debido a la pena que lo embargaba.

   "¿Por quién lloras, Sigfrido? ¿Quién te llorará a ti cuando seas tú quien duerma para siempre?".

   Acarició el frío rostro del crío, descubriendo con horror que los ojos de éste, además de seguir muy abiertos, lo miraban con una maldad tan absoluta e incuestionable que a punto estuvo de darle un vuelco el corazón.

   "Si no me clavas la estaca en el corazón antes de medianoche también yo me convertiré en un monstruo", resonó la voz del chiquillo en su cabeza. 

   Sigfrido detuvo todo movimiento de inmediato. Sabía que esa táctica no serviría de nada, pero resultaba inútil seguir con aquel balanceo que estaba destinado a acunar a un chiquillo y no a un demonio que parecía a punto de saltar sobre él, si es que era cierto lo que le había dicho aquel fantasma. Dado que el asunto no exigía demasiada reflexión, arrojó tan lejos como pudo lo que entre brazos con tanto mimo había tomado, y se giró sobre sus talones con intención de emprender una desesperada huida aun en las tinieblas. Sin embargo, no había dado el primer paso, cuando unas férreas manos lo agarraron por los tobillos y le hicieron caer con estrépito. Sus gritos de terror obtuvieron como única respuesta una especie de grotescos gruñidos que parecían imposibles en la garganta de un chiquillo.

   Sigfrido trató de revolverse, pero aquel ser, dando muestras de una velocidad fuera de lo común, se le había echado ya encima. Como pudo, lo retuvo con manos y pies a una inquietante distancia de su garganta, pues era ahí donde aquella bestia en la que se había convertido el pequeño parecía decidido a clavar los afilados colmillos que asomaban de sus fauces. La ferocidad y fuerza de su rival eran tales que Sigfrido no supo cuánto más podría aguantar. En el lance, quizás a causa de una milagrosa casualidad, descubrió que junto a él, en el suelo, yacía la puñetera estaca. Sólo tendría que alargar el brazo derecho y sería suya, pero no se aventuraba a prescindir de él un sólo instante, pues sospechaba que aquel diablo aprovecharía cualquier ángulo para acercarse más aún a su objetivo, que, desgraciadamente, era él. En un rápido movimiento, luego de mantener la pugna durante unos segundos, el angustiado joven decidió arriesgarse y trató de tomar el afilado trozo de madera. Como había supuesto, el pequeño monstruo, con los ojos inyectados en sangre, se las ingenió para ganar unos valiosos centímetros por el espacio que había quedado libre. Sin embargo, lejos de mantener su decisión de arrojarse sobre el cuello, quizás por no ver aún cercana la posibilidad, mordió con fuerza el pecho de Sigfrido. Éste lanzó un desgarrador grito de terror al tiempo que trataba de retirar la cabeza de su monstruoso depredador tirando con fuerza hacia atrás del cuero cabelludo con la mano que le quedaba libre, pero no logró su propósito. Decidido a ser una presa complicada antes de dejarse matar, concluyó cambiar de táctica. Ahora, en lugar de tratar de apartar la cabeza de sí, cosa que resultaba imposible, hizo presión sobre ella, afirmándola como pudo contra su torso, lo cual resultó ser muy desagradable debido a la fuerte e intensa mordida a la que aquella especie de vampiro lo sometía. Cuando creyó que todo estaba dispuesto, transformó sus gritos de miedo en un torrente de voz furibunda y descargó repetidas veces la mano que empuñaba la estaca sobre la espalda del monstruo, que no tardó en perder su tremenda vitalidad en cuanto su corazón fue alcanzado.

   Cuando todo parecía haber acabado, Sigfrido, en un nervioso y apresurado gesto, apartó con las manos el cuerpo del niño, que volvía a estar sin vida. Acto seguido, se llevó las manos a la zona afectada por el salvaje mordisco, descubriendo con alivio que la cota de mallas le había protegido de todo mal, a pesar de haber sentido cómo le era desgarraba la piel. Entonces, desvió su atención hacia el cuerpo de su atacante, cuya faz, extraordinariamente hermosa, mostraba una paz y una armonía infinitas, como si al fin hubiese hallado su merecido descanso. 

   Se sentía extrañamente abatido por haber dado muerte a aquel crío, a pesar de su condición de monstruo abominable. ¿Qué otra cosa podría haber hecho, salvo dejarse matar? "Quizás, si no me hubiese resistido estúpidamente, habría clavado la estaca a tiempo de impedir la horrible transformacion del pobre chiquillo", pensó.

   Alrededor suya, hasta donde alcanzaba la vista en la negrura de la noche, que no era mucho, todo estaba sembrado de los no muertos abatidos durante la desesperada lucha de la mañana. "¿Dónde estarán los otros?", se preguntó.

   Aún temblaba cuando, sobre él, oyó la maléfica risotada de una anciana a la que pareciera que acababan de contar algún chisme malintencionado. Miró hacia arriba, y lo que vio, en otras circunstancias, le habría hecho, sin ninguna duda, frotarse los ojos.

   Imagen tomada de www.es.creepypasta.wikia.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia al mismo para poder dedicarle una más que merecida reseña o retirarla de la publicación si así lo pidiese.