Suscripción por e-mail

miércoles, 30 de diciembre de 2015

28. El vuelo del hacha.

   Sigfrido tenía serios problemas para mantener el ritmo impuesto por Cornelio. La culpa, o al menos así lo veía él, era de aquel maldito vestido, que parecía decidido a hacerle tropezar a cada pocos pasos. ¿Cómo era posible que aquel anciano no hubiese experimentado el más mínimo contratiempo desde que iniciaran la marcha? A priori, un hombre joven como él debería mostrar mayor destreza y agilidad que un viejo, pero no era así, y aquello indignaba a Sigfrido de tal modo que incluso sentía vergüenza de sí mismo.—Te noto cansado, mi buen Cornelio —dijo con disimulada preocupación—. Quizás prefieras detenerte y descansar.

—¿Cómo sabes cuán cansado estoy? No recuerdo haberme quejado aún, cosa que tú sí has hecho, continuamente, por cierto.

—Tu caminar ha perdido vigor de un tiempo a esta parte —insistió Sigfrido, fingiendo no dar importancia a la observación de Cornelio con respecto a su conducta, cosa que en realidad sí había hecho.

—Justo desde que el camino asciende, muchacho. ¿Pretendes que marche igual de ligero en una pendiente que en un llano cualquiera, o en un suave descenso? —el viejo dejó escapar un suspiro—. Chico, hay que saber dosificar las fuerzas.

—Me alegra saber que te encuentras bien. Sólo me preocupaba por ti. ¿Te imaginas que de repente apareciera una de esas hordas de muertos que no están muertos del todo? Si te pillasen justo de fuerzas, no quiero ni pensarlo.

   Hubo un instante, tras las palabras de Sigfrido, en el que sólo se oyeron las pisadas de ambos. El joven supo que había dado en la diana, al fin.

—Yo te diré qué pasaría —empezó a hablar Cornelio, empleando un tono que no acabó de gustar al joven—. En el supuesto caso de que nos viésemos desbordados por un grupo de esa escoria inmunda, cosa que espero evitar con estos disfraces de bruja, no te perderé de vista un solo segundo. Si intuyo el más mínimo intento de abandono por tu parte, cosa que mi intuición no para de advertirme que es lo que harías, te arrojaré el hacha a las piernas sin dudar un instante.

—¿A las piernas? —preguntó Sigfrido incómodo, que creía más que capaz a Cornelio de cumplir aquella amenaza—. No lograrías matarme así.

—No, no lo haría, pero tampoco podrías caminar.

—¿Y qué sentido tendría? —volvió a preguntar Sigfrido, que se temía una respuesta bastante desagradable.

—Sería maravilloso ver cómo te devoran mientras gritas aterrorizado, después de haber acariciado la salvación.

—Pero también tú morirías a base de mordiscos —repuso el joven, entre enojado y alarmado.

—Cierto, pero tu sufrimiento serviría de impagable alivio al mío —dijo Cornelio, que dedicó a su compañero de viaje una maliciosa sonrisa.

—Una advertencia la tuya bastante inquietante, pero en el caso de que nos atacasen unos zombis y yo aprovechase una supuesta debilidad tuya para huir, cosa que me ofende que pienses, y mucho, tendrías que acertarme con tu hacha, y eso no es algo sencillo, mi desconfiado amigo —dijo Sigfrido, que usó una entonación muy apropiada para alguien que siente que lo ponen en entredicho, lo cual estaba lejos del sentimiento de “¡rayos, me ha descubierto!”, que realmente padecía.

—¿Cómo te atreves a llamarlo advertencia? ¡Es una amenaza en toda regla, jovencito! —Cornelio tomó el hacha con la diestra, luego se detuvo y miró a su alrededor—. ¿Ves ese saltamontes que hay en el tronco de ahí? —dijo resuelto, señalando hacia un árbol.

—Veo un árbol entre muchos, y no estoy seguro de a cuál de ellos te refieres. Pero no veo ningún saltamontes.

   Cornelio negó con la cabeza, tras lo cual, cargó el brazo y lanzó el hacha con decisión y consumada habilidad. Ésta fue a clavarse con extraordinaria firmeza en uno de los troncos que tenían enfrente. Aquello bastó a Sigfrido para hacerse una idea aproximada de lo que el enérgico anciano podía hacer con aquel arma. Al percatarse de que Cornelio le hacía señas de que lo acompañara a recoger el hacha y comprobar así los resultados de su lanzamiento, marchó con él hasta el árbol. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que, en efecto, había un saltamontes posado en la corteza, y que el desgraciado insecto acababa de ser seccionado por obra y gracia de Cornelio, que además de una puntería sobresaliente, demostró tener un sentido de la vista que ya quisieran para sí muchos jóvenes, entre ellos el propio Sigfrido.

—¿Qué me dices ahora? —preguntó el viejo, satisfecho, mientras recuperaba el hacha, lo cual le exigió un esfuerzo —. Vaya, no pensé que la hubiese lanzado tan fuerte.

—Que es bastante agradable saber que camino junto a alguien que podría salvarme la vida —dijo Sigfrido, tratando de ocultar la admiración y el espanto que le producía lo que acababa de ver y oír. ¿Qué había querido decir Cornelio con eso de “no pensé que la hubiese lanzado tan fuerte”? ¿Significaba acaso que podía lanzar el hacha con más violencia si así lo quería?

—Veo que empezamos a entendernos, Sigfrido. Anda, caminemos un poco más, que pronto se nos vendrá la noche encima.

—Si no te importa, aprovecharé para aliviar la vejiga.

   Cornelio asintió, alejándose en silencio hasta el camino.

   Cuando Sigfrido se vio solo, se situó al otro lado del árbol, imaginándose en la piel del pobre saltamontes. Su cuerpo se tensó de tal modo ante la idea que incluso sintió náuseas.

—¿Necesitas ayuda? —oyó que decía el viejo, burlón.

—Ya acabo. Lo que tarde en cubrirme —dijo, tratando de que su voz sonara inalterada.

   Cornelio lo recibió con expresión divertida.

—Has tardado bien poco. Veo que no había mucho que cubrir.

—Si lo que intentas es echar un vistazo, te aseguro que no estás preparado para lo que podrías ver.

—Puedo hacer que tardes menos en guardarla en los calzones, si lo prefieres —dijo el viejo, que acariciaba el hacha con oscuro placer.

—Será mejor que dejemos las bromas y reanudemos la marcha, como tú mismo dijiste antes.

—¿Y quién dice que bromeaba? Mi propuesta es sincera. Piénsalo.

—Quizás lo piense en otro momento —dijo Sigfrido, simulando seguir la chanza, aunque algo le decía que, en efecto, Cornelio no bromeaba del todo.

—¿Quieres ir tú delante ahora? —ofreció el viejo al muchacho.

—Prefiero ir detrás.

—¡Ah! Claro. No quieres que te vea tropezar con ese maldito vestido que no hace más que atentar contra tu integridad física, según tú.

—Alguien debe vigilarte la espalda, ¿no crees?

—Hasta en la espalda tengo ojos. No lo olvides —dijo Cornelio, cuya mirada dejaba claro que se trataba, esta vez sí, de una clara advertencia, incluso otra amenaza.

   Y siguieron caminando entre los árboles, que cada vez se apretaban más en torno a ellos, sin intercambiar más palabras desde aquello.

   Ya declinaba el día cuando oyeron unas voces. Se detuvieron para percibir mejor el sonido. No había duda, había un grupo de gente en algún lugar de la densa arboleda, y no parecían dar importancia al hecho de que alguien pudiera oírles, a juzgar por el poco cuidado con el que se empleaban en la charla. Cornelio y Sigfrido dirigieron sus pasos hacia el lugar donde parecían estar aquellas personas.

Imagen tomada de www.foro3d.com Desconozco el nombre del autor, por lo que agradecería cualquier referencia sobre el mismo para así plasmarlo en la publicación. Si, por el contrario, prefiere que el dibujo sea retirado, no tiene más que hacérmelo saber.


martes, 8 de diciembre de 2015

27. Un rescate in extremis.

   Allá donde miraba angustiado, Crisanto no hacía más que encontrar rostros deformes que se retorcían grotescos y le mostraban terribles fauces. Ojos sin vida, incontables, se posaban sobre él cargados de un odio imposible, traspasando su alma, que se deshacía en la desesperación. Nunca antes había cedido tanto terreno al miedo, pero aquel oscuro ser encapuchado, el que portaba la enorme y terrible espada con la que lo señalaba, arrojando sobre él aquella horrible hueste venida del infierno, le infundía un pánico al que no podía resistirse. De repente, su arma se volvió demasiado pesada para unos brazos que no estaban acostumbrados a doblegarse. ¿Sería aquella la primera y ultima vez que le abandonarían las fuerzas? Desolado, quiso dar un paso atrás, pero su cuerpo no acertaba a responder tal como le pedía.   Aquellos terribles ojos se acercaban cada vez más, para horror suyo.

   Fue entonces que un nervioso gemido se dejó oír tras él, lo que provocó que acabara revolviéndose como un animal acorralado. Descargó aceleradamente la espada sin mirar, justo cuando algo tiraba de su brazo, acertando a dar a su objetivo en la cabeza, pero no con el filo de la hoja, sino con el canto. Un alarido de dolor siguió a aquella acción de inmediato. El caballero, a pesar de estar aterrorizado, pudo advirtir que el enemigo, que poseía un tamaño colosal, estaba lejos de ser neutralizado, por lo que volvió a cargar el brazo con la firme intención de asestar un nuevo golpe, esta vez, certero y mortal, mas unas manos poderosas en demasía lo tomaron por la vestimenta y lo arrojaron lejos de allí con suma facilidad. La espada acabó aterrizando muy cerca de donde lo había hecho él, pero fuera del alcance de sus manos. Aturdido, mientras trataba de levantarse, no sin dificultad, una mano, pequeña y suave esta vez, le ofreció ayuda. Crisanto se encontró con la desaprobadora mirada de Lúcida.

—Has estado a punto de matar a mi hermano —le recriminó ésta—. Vaya forma de agradecernos que desobedeciéramos tus órdenes y decidiésemos volver para echarte una mano. Reconocerás que ha sido una suerte para ti.

   Entonces, se oyó un alarido que a Crisanto le sonó familiar; se trataba de Alonso, que se debatía con fiero ardor guerrero, golpeando con su maza a uno y otro lado, manteniendo a raya al implacable enemigo.

—Ahora tendremos que correr —advirtió la niña—. ¡Alonso! ¡Vámonos!

   La maza cayó con violencia desmedida sobre el cráneo de uno de aquellos demonios, que, al fin, podría descansar en paz. Luego, tras proferir un nuevo grito cargado de cólera y rabia, Alonso Menteclara, al que muchos en el pasado llamaron con crueldad Cortoperfornido, se giró sobre sus talones y corrió dando grandes zancadas. No tardó en llegar hasta donde estaban Lúcida y Crisanto, al que mostró divertido la señal que le había dejado el violento golpe que éste acababa de darle con el canto de la espada. Después, entre nerviosas risas, le dio un fuerte empujón, obligándolo de ese modo a moverse.

—Siento haberte herido —se excusó Crisanto, aún dando trompicones.

   Alonso volvió a reír y balbuceó algo, como restando importancia al asunto.

—¡Dejadlo ya y corred! —les apremió Lúcida.

   Y eso es lo que hicieron, correr, guiados por el caballero, que, tras orientarse, tomó hacia el norte, donde habrían de encontrarse, o eso esperaba, con ‘Mediapiedra’, que así se llamaba el pueblo al que Crisanto había pedido a Lúcida y su hermano que se dirigieran cuando se separó de ellos. Sin embargo, la creciente oscuridad ralentizó la marcha campo a través más de lo preciso. No fue hasta pasadas dos horas, aproximadamente, ya con todo bajo el dominio de la noche, que atisbaron una luz a lo lejos. Caminaban con prisa, aunque sin la presencia de los zombis, a los que, siendo tan lentos, habían dejado atrás con relativa facilidad, o eso pensaron.

   No tardaron en llegar junto a una solitaria casa que se alzaba en un pequeño claro en mitad de una arboleda. De la entrada de la pequeña y descuidada cerca que la rodeaba nacía un sendero que se perdía en la oscuridad, hacia septentrión.  

   Nicodemo Panzagónica se hallaba sentado a la mesa, dispuesto a disfrutar de una tardía cena a base de huevos fritos y bacon, cuando alguien llamó a la puerta con indudable urgencia. Aquello ocurrió en el momento en que sujetaba con los dedos algunas tiras de bacon que pensaba llevarse a la boca, que quedó abierta y vacía a la vez, a la espera de un bocado que, al parecer, tardaría en llegar. La madera volvió a sonar con una insistencia que rayaba la impertinencia. Nicodemo, fastidiado, resopló pesadamente, tras lo cual, abandonó su asiento en dirección a la puerta, a la que llamaron nuevamente. Durante el breve camino a recorrer, el cual se tomó con pausada filosofía, recordó que aún sostenía aquella porción de comida entre sus dedos, así que, con calma pero muy decidido, se regaló, al fin, aquel bocado interrumpido, que le supo delicioso. Una pena no poder acompañarlo con un buen trago de vino.

   Una vez estuvo junto a la puerta, dispuesto a asomarse por la mirilla de la misma para saciar su creciente curiosidad, ésta volvió a recibir los agitados golpes de unos pesados nudillos. En esta ocasión, se trataba de una forma de llamar un tanto violenta, o eso al menos le pareció a Nicodemo, que, alarmado, dio de inmediato un paso atrás.

—¡Abrid de una vez! —apremió una voz—. ¡Vamos, abrid! Sabemos que estáis ahí por la luz y el ruido de vuestros pasos.

—¿Quiénes sois? ¿Y qué os trae por aquí a estas horas de la noche? —logró preguntar Nicodemo, de veras inquieto.

—La necesidad nos obliga a pediros hospitalidad, señor. ¿Nos la negaréis?

—Eso dependerá de vuestro compromiso para conmigo. ¿Qué haréis si os abro la puerta?

—Juramos respetar vuestras normas.

—¿Y por qué habría de creeros?

   Un fuerte golpe, mucho más contundente que los anteriores, hizo temblar la puerta.

—Porque si no abrís vos mismo, entraremos en la casa por la fuerza, y no podría garantizaros un buen comportamiento si eso sucede.

   Un gemido amenazador siguió a las bravas palabras de aquel hombre.

—Será mejor que abráis, mi hermano no es muy paciente, y sabe hacer cosas bastante desagradables con esa maza que lleva y que no sé de dónde sacó —dijo la voz de lo que parecía una niña.

   Y fue entonces que Nicodemo Panzagónica, que, todo sea dicho, poseía una tripa antológica, muy digna del apellido que acompañaba a su nombre, decidió, al fin, abrir la puerta de casa, con lo cual, cambiaría su vida para siempre. Una vida a la que, quizás, podría no quedarle demasiado tiempo, como él mismo llegó a pensar en el momento en que quitaba el cerrojo.

   Un hombre bajo y panzudo, aunque no tanto como él, ataviado con una armadura y que portaba una llamativa espada, fue el primero en traspasar el umbral de la puerta; lo siguió una niña de aspecto dulce que le dedicó una sonrisa a modo de agradecimiento; siendo el último un mozo de enorme musculatura y descomunal tamaño, que lucía un buen chichón en la frente, y que sujetaba entre sus grandes manos una maza de aspecto tenebroso y toda ella salpicada de sangre, que no dudó en soltar para fundirse en un sincero abrazo con el propio Nicodemo, que, de inmediato adivinó lo fácil que sería para aquel gigante aplastarlo entre sus brazos si así lo quisiera. Sin embargo, aquel joven prefirió besarlo en la mejilla y romper a llorar como un niño.

—Hay algo de comer en la mesa, pero no mucho. Quizás pueda encontrar algo más en la despensa; aunque no me queda vino que ofreceros, sólo agua —dijo Nicodemo, despidiéndose así de la cena que, en un principio, debía ser para él.

   Imagen tomada de www.dibujos.chiquiwiki.com Desconozco el nombre de su autor, por lo que agradecería cualquier referencia sobre el mismo para así reflejar una merecida reseña. Si, por el contrario, éste prefiere que el dibujo sea retirado de la publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.