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sábado, 30 de enero de 2016

34. El grimorio.

   Mientras Sigfrido contemplaba con asombro el libro que tenía entre las manos, al que, en lugar de abrirlo, no hacía más que dar vueltas aún desconcertado, Cornelio, cayendo en la cuenta de que, quizás, también su vestido ocultase un volumen similar, comenzó a palpar la prenda con ambas manos, aunque no halló nada por más que buscó.   “Menudo fastidio”, pensó. “Es posible que el libro que aquí hubiese, de existir, esté entre los escombros de la casa. No, lo habría visto de ser así. Además, de haberse caído, lo más probable es que hubiese sido en el momento en que golpee a esa vieja zorra que me llevaba en volandas. Sí, ambas chocaron entre sí y el vuelo se tornó confuso entonces; eso fue al menos lo que me contó este patoso, pues yo caí sin sentido. Si había libro, podría estar allí. Pero, cómo va a caerse nada de ahí si apenas pudo encontrarse el que llevaba él encima. ¿Es posible que...?”. Como siguiendo un repentino impulso, Cornelio volvió a examinar sus ropas, con más calma esta vez, lo que le llevó a dar con un bolsillo secreto, exactamente idéntico en forma y ubicación al del vestido de Sigfrido, con la salvedad de presentar en su fondo un orificio de considerables dimensiones. Resultaba evidente que cualquier cosa que pudiese haber sido guardada en aquel lugar debió deslizarse por ese mismo agujero. “¿Lo habré perdido por el camino mientras andaba? No, el ruido que hubiese producido al caer me habría alertado, o eso quiero pensar. ¡Diablos! ¿Qué será ese libro? Algo me dice que se trata de algo importante, aunque también terrible”.

—¡Ábrelo de una vez! —ordenó nervioso a Sigfrido, que lo miró sorprendido, como si no entendiera lo que acababa de oír.

—¿Cómo dices? —preguntó, un tanto desorientado.

—El libro, que lo abras, te digo —repitió Cornelio, con más calma esta vez.

   El joven lo miró pensativo, ausente.

—¡Abrirlo, claro! —exclamó al fin.

—Buen chico —celebró el anciano con sarcasmo.

   Ambos se inclinaron sobre el viejo tomo, posando sus ojos en la inmensa negrura de su tapa. Cornelio sintió cómo ésta lo atrapaba, hasta tal punto, que casi le afectó que Sigfrido abriese el libro y comenzase a pasar las páginas, echando un rápido vistazo a las mismas sin apenas prestarles atención. Un sinfín de palabras, pertenecientes a un idioma que desconocían, se mezclaban con ilustraciones oscuras y fantasmagóricas. La caligrafía era, a la vez, elegante y siniestra, y el anciano tuvo la curiosa impresión de poder descifrarla si dedicaba tiempo a su estudio; una idea que descartó de inmediato, pues no era hombre que hubiese tenido un oficio relacionado con la erudición.

—Parece una suerte de historia de miedo —concluyó Sigfrido, que, sin miramientos de ningún tipo, cerró el libro de golpe, dejando con ansías de más a Cornelio, que estuvo a punto de montar en cólera—. Aunque no tengo la menor idea de qué es lo que cuenta. Qué lengua será, me pregunto también, la que está ahí escrita.

   El viejo extendió los brazos y tomó el libro de manos de Sigfrido, que no hizo el menor gesto por retenerlo. Comprobó que, tal como éste advirtió, era mucho más pesado de lo que aparentaba.

—Sí, sea lo que sea, parece que contiene algo aterrador —dijo.

—Pero no creo que sea más aterrador que la forma en que se inició la mañana. Ni siquiera tengo apetito, aunque, claro, tampoco hay nada que echarse a la boca, salvo la carne nauseabunda de ese zombi que cría malvas desde hace un momento. No pienso probarlo, por si eso te preocupa; preferiría morir de hambre.

   Cornelio no respondió, pues volvía a centrar su atención en el contenido de aquel tomo, por el que empezaba a sentir una extraña atracción. “¿A qué se deberá este deseo de perderme entre sus párrafos aun desconociendo la lengua en que están escritos? Y esas extrañas figuras, dibujadas, sin duda, con alguna intención, no sabría decir cuál; parecen tan vivas, dispuestas a salir de las páginas donde fueron plasmadas. Qué locura, cómo puedo siquiera creer que este libro, en su interior, alberga un poder y un misterio insondables. Pero, ¿no es mayor locura acaso que los muertos caminen, o que las brujas, que sólo vivían en los cuentos de miedo, pululen libres por el mismo mundo que los seres humanos? ¿Cómo nacen estos pensamientos en mí? ¿Qué me hace discurrir de este modo?”. Inundado por infinidad de cuestiones, todas ellas relacionadas con el libro, concluyó que dedicaría parte de sus esfuerzos a tratar de encontrar las respuestas adecuadas, lo que exigía un estudio en profundidad de aquel viejo volumen. “Pero, ¿cómo, si no sé leer esa lengua?”, se dijo a sí mismo. De repente, tuvo la certeza de que, de alguna manera, acabaría comprendiendo lo que allí había sido escrito.

—He observado que no parece algo que llame demasiado tu atención. ¿Te importa que me lo quedé? —preguntó Cornelio, empleando un tono cordial, a la vez que trataba de aparentar indiferencia, como si la contestación que recibiera por parte de Sigfrido no pudiese causar el menor efecto sobre él. Sin embargo, ansiaba una respuesta concreta, y estaba dispuesto a insistir lo necesario hasta obtenerla.

—¿Te refieres al libro? —quiso saber el joven.

   Cornelio sintió como se tensaba su cuerpo.

—Sí, ¿qué otra cosa podría ser?

   Sigfrido guardó un momento de silencio, sopesando la respuesta, aunque se percató de un extraño brillo en los ojos del anciano que no acabó de gustarle.

—Sí, quédatelo si quieres, pero tendrás que prestármelo cada vez que nos cruzamos con algún muerto. Hoy me ha venido muy bien para mantener mi virilidad intacta —bromeó.

—Te lo agradezco —respondió Cornelio, que tomó asiento de inmediato y comenzó a ojear el tomo con detenimiento.

—¿Qué haces? Deberíamos dejar este lugar cuanto antes.

   El anciano apartó la vista de las hojas con gran esfuerzo.

—Quisiera leer un poco, no más de unos minutos, si no te importa —contestó con gravedad—. ¿Por qué no aprovechas para buscar algo que podamos llevarnos a la boca? 

   Sigfrido dudó un instante, aunque acabó cediendo a la petición del anciano, que volvía a posar los ojos en las enigmáticas letras del singular libro.

—Esa lectura te acabará trastornando del todo. ¿Qué pretendes? ¿No ves que no hay quién entienda nada ahí, salvo aquel que lo escribió?

   Pero Cornelio, absorto ya en su particular estudio de aquella materia, no dijo nada. El joven, sintiéndose ignorado, tras ponerse el sombrero picudo y tomar la escoba y la vieja espada, marchó ofendido en busca del desayuno, aunque, como él mismo dijera antes, el incidente con el zombi le había afectado al apetito. “Sí, mejor será que me marche un rato, o puede que para siempre. ¿Qué mosca le ha picado ahora con ese libro del demonio que nadie entiende? ¿Qué se habrá creído? Y ahora dirá que logró descifrar el significado de esas palabras, como si uno fuese estúpido. Más te vale estar atento con este viejo, Sigfrido; ¿viste su mirada? Esos ojos ocultaban y querían algo a la vez, y el libro no es más que una excusa. ¿Por qué me pidió que fuese en busca del desayuno, entonces? Además, de sobra sabe que no sé encontrar comida, que no sé encontrar nada. Lo sabe aun sin decirlo yo y a pesar de mis esfuerzos de hacer entender que sí sé hacer de todo, cosa que sólo los idiotas creen. Pero él ve las cosas, sus ojos de viejo mal nacido lo ven todo, incluso más allá de la carne; es capaz de ver el alma, diría yo".

   De súbito, como si se tratase de un pensamiento ajeno que alguien hubiese dejado en su cabeza tras una adoctrinadora charla, Sigfrido comenzó a tener la extraña sensación de estar excediéndose en sus opiniones hacia el anciano. "Pero, ¿qué digo? Me salvó ayer, y también hoy. No debo pensar así de él. Es desconfiado, y es cierto que no es amable conmigo, aunque esta mañana sí lo fue tras matar a ese zombi que casi se me desayuna. Quizás no me ha echado con la excusa de buscar alimento porque trame algo, es posible que sólo trate de hacer que aprenda a desenvolverme por mí mismo. Sí, eso es, por eso disimula interés por el libro. Qué necio soy a veces. Buscaré algunos frutos, o lo que sea, y regresaré con las manos llenas. Y entonces desayunaremos mientras comentamos su ocurrencia. Qué bien me siento, sin tener que buscar la forma de huir. Quiero volver, tener buena compañía, la de alguien que, por fin, me cuida; un buen amo. ¡Un momento! ¿Qué es esto? ¿Por qué discurro así ahora? ¿Qué diablos pasa en mi estùpida azotea? Es como si algo o alguien me dijese a través de vagos susurros cómo debo cavilar”.

   Fue entonces que Sigfrido, para horror suyo, se percató de que no sabía dónde estaba.

   La explicación a las singulares reflexiones del joven y sus distintas posturas la encontramos en la acción de Cornelio, que, cuando se supo solo, se entregó en cuerpo y alma a una lectura imposible, tratando de hallar un modo de vocalizar aquellas palabras desconocidas para él. Debía estar atento, el asunto bien podría resultar sencillo si lograba encajar la primera pieza del puzzle, pero cuál sería. Tras un rato de concentración y exquisita armonía, a pesar de no obtener resultados, una voz profunda fue formándose en su mente, la misma que empleaba cuando, en silencio, conversaba consigo mismo. Ésta le habló con palabras que nunca antes había escuchado. Supuso entonces que su imaginación le jugaba una mala pasada, pues el texto comenzaba a tener sentido, aunque no en comprensión, sino en entonación. ¿Sería posible aquello, o era una locura más, como la que había cometido aquella misma mañana con el asunto del zombi? Volvió a dejarse llevar por ese repentino hambre de conocimiento, acompañando con su voz a aquella que sonaba en su cabeza. De repente, su corazón se aceleró por la emoción. Sí, empezaba a tener claro que estaba recitando una suerte de hechizo, y entonces supo que podría esclavizar la voluntad de alguien, tal como expresaba la figura de un hombre con rostro sumiso, que permanecía atado de manos a una soga, cuyo dibujo se hallaba a un lado del texto. Entonces, pensó en Sigfrido, y en ese mismo momento sucedió que éste comenzó a verlo a él como un amo amable y magnánimo. Sin embargo, el hechizo, o lo que fuera, se fue deteriorando hasta perder vigor, y Cornelio sintió cómo se esfumaba el afecto que hacía él había brotado tan repentinamente en el joven, del que esperaba ignorase todo aquello. 

   Agotado a la vez que aturdido, se vio obligado a dejar aquella lectura. ¿Sería verdad lo que acababa de suceder, o se trataría de una ilusión? Tenía la firme impresión de haber lanzado un sortilegio, y que éste había fallado a causa de su falta de preparación, pues, de estar en lo cierto y haber hecho magia, el fallo podía deberse a que era un absoluto profano en la materia. ¿Brujería? No podía estar del todo seguro, pero algo le decía que era eso lo que había pasado, ¿o simplemente era lo que prefería creer?

   "Sólo espero que el muchacho no sospeche de mí en este supuesto de influencia mágica. No sabría qué explicación darle si me pregunta acerca de todo esto. Aunque, ¿cómo podría él relacionarme directamente con esa repentina necesidad de necesitar servirme, que es lo que diría que ha debido experimentar? Es todo tan confuso".

   Un grito desgarró el silencio. Era Sigfrido, que lo llamaba. Al parecer se había perdido.

   Imagen tomada de www.propnomicon.blogspot.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que su obra no apareciese en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.



viernes, 22 de enero de 2016

33. Un sorprendente hallazgo tras un horrible despertar.

   Cornelio Malhadado abrió los ojos con la llegada del alba, aunque permaneció tumbado durante largo rato, negándose a recibir al nuevo día y su promesa de terrible incertidumbre; sólo pensar en ello le producía un desánimo al que no creyó que pudiera acostumbrarse jamás. De repente, reparó en el sepulcral silencio, ni siquiera se oía a los pájaros, que solían recibir alegres los primeros rayos de sol. “Incluso ellos se han marchado”, pensó triste.

   Un movimiento leve llamó su atención: se trataba de Sigfrido, que se agitaba en sueños brevemente, para luego recobrar la armonía propia de quien disfruta del descanso. “Duerme, muchacho, cuanto más tardes en despertar menos tiempo tendrás para sufrir”.

   De repente, Cornelio sintió la imperiosa necesidad de incorporarse. Mientras lo hacía, tuvo que soportar las protestas de su cuerpo, molesto por haber tenido que soportar, nuevamente, las incomodidades propias de pasar toda la noche a la intemperie. Tardó una eternidad en ponerse en pie, y cuando lo hizo, precisó de algo más que un momento para poner en orden algunas cosas.

   Cuando creyó estar en situación de afrontar los primeros compases de la mañana, decidió despertar a Sigfrido, sin embargo, al acercarse, fue rechazado por el mal olor que éste desprendía. Estuvo tentado de propinarle un puntapié a modo de venganza, fuese o no justa, pero, repentinamente, se le ocurrió una idea que le ayudaría a resolver una duda en la que no podía dejar de pensar desde que, la tarde anterior, se viera a sí mismo caminando entre los muertos sin sufrir el menor percance. Debía dejar solo al joven durante un rato, quizás no demasiado, o eso esperaba al menos, del mismo modo que también esperaba volver acompañado. Antes de partir, siguiendo un impulso que no sabría explicar muy bien, cubrió con más musgo y algunas ramas caídas al durmiente, pues, a pesar de los esfuerzos de éste por copiar a Cornelio en el arte del camuflaje cuando se preparaban para dormir, el fruto que había obtenido rozaba el más espantoso de los ridículos. Sólo cuando le pareció que había logrado un resultado decente abandonó el lugar, preguntándose si lo que se disponía ha hacer era una ocurrencia propia de alguien que está en sus cabales o, más bien, un loco que ve como el norte está cada vez más lejos. Trató de orientarse, y cuando creyó estar medianamente seguro de hacia dónde debía ir, comenzó a caminar decidido, con la diestra muy cerca del hacha y el corazón latiéndole más deprisa conforme avanzaba.

   Encontró lo que buscaba mucho antes de lo esperado. Su primera intención, guiado por el instinto, fue la de ocultarse, pero logró reunir el valor suficiente y permaneció donde estaba, inmóvil, a la vista del solitario zombi, que, movido por la curiosidad, dirigió su mirada hacia Cornelio. Éste, al ver que el muerto no se dirigía furioso hacia él, tras dudar un momento, decidió ser él mismo quien se acercara. Cuando la distancia entre ambos se acortó lo suficiente como para hacer que sus nervios afloraran, Cornelio, inquieto, empuñó el hacha, movimiento que el zombi acompañó con sus ojos, como tratando de adivinar a qué intención respondía, pero sin hacer nada al respecto. El viejo, haciendo un verdadero esfuerzo, dio dos pasos más, hasta situarse junto a su objetivo, que permanecía en el mismo lugar, atento a su extraño visitante, pero con una actitud aparentemente inofensiva.

   “No logro entenderlo, ayer, caminando entre decenas de ellos, mantuve la calma sin el menor problema, en cambio, ahora, cuando no hay más que uno, apenas puedo dejar de temblar”, pensó. “Quizás es por lo que pretendo hacer. Si sale mal... No, no pienses en ello”.

   Cornelio extendió lentamente la mano izquierda hacia el zombi, hasta que lo agarró tímidamente por una de las mangas de lo que quedaba de la ropa que vistiera el último día de su vida. La criatura se dejó hacer, más dócil que un niño de dos años de carácter calmado. Con extrema cautela, el anciano se fue situando tras el muerto, al que acabó agarrando con firmeza por el hombro, y comenzó a conducirlo como pudo hasta el lugar donde sería efectuado el peligroso experimento.

   “Es evidente que, vestido de esta guisa, como una bruja malévola, no me toma por alguien al que deba atacar”, iba pensando Cornelio. “¿Habrá explicación para este misterio? Quizás en otra ocasión”.

   Sigfrido se hallaba a orillas de un lago entre montañas, contemplando la apacible quietud de las aguas cristalinas, disfrutando a la vez de un baño de luz, otorgado generosamente por el esplendoroso sol que lucía en el alto cielo. De súbito, una joven de extraordinaria belleza emergió de las profundidades y nadó con gracilidad en su dirección, hasta que pudo valerse de sus pies para caminar sin que el líquido la cubriera. Sus hombros, finos y hermosos, dieron paso a un busto desnudo exquisitamente tallado por la naturaleza, y su vientre, antesala de la fuente del deseo para todo hombre, hipnotizó de tal modo al muchacho que fue incapaz de apartar la mirada, cosa que, por otra parte, ni siquiera intentó. Al fin, sus caderas asomaron a la superficie, haciendo con su gracioso vaivén que cada paso de la joven fuese digno de versos elogiosos. La mujer caminó hacia Sigfrido, que, abrumado, creía estar viviendo un sueño al que, quizás, no tenía derecho. Pronto la tuvo ante sí, con el fino rostro muy junto del suyo, recorriendo cada parte del mismo con creciente interés. Sin pensarlo, Sigfrido posó sus manos en los hombros de la joven, haciéndolos descender hasta sus magníficos pechos, sintiéndolos extraordinariamente fríos y húmedos. Él, atento y cariñoso, le otorgaría el calor necesario en agradecimiento a lo que habría de recibir. Ella pareció gemir al contacto de su piel, y comenzó a caer con sus labios hacia el vientre del joven, como atraída por un deseo cada vez más irresistible e intenso. Él, turbado, extasiado por la creciente locura, la dejó hacer, maravillado por las maneras, cada vez más impetuosas, de ésta. Su dulce y femenina voz pareció distorsionarse por momentos, algo que escapó a la comprensión de Sigfrido. Fue entonces que la joven mordió su ropa a la altura de la entrepierna con una ferocidad y un frenesí que en nada acompañaba al momento, y lo que antes fueran gemidos, eran ahora gruñidos impropios de una mujer tan bellamente esculpida. 

   Fue entonces que Sigfrido abrió los ojos, descubriendo con horror que todo había sido un sueño, un sueño que acabó convirtiéndose en una pesadilla demasiado real, pues sí que sentía como alguien —o algo— le mordía el vestido por debajo del vientre, tal como sucediera el día anterior. Al dirigir la mirada al lugar donde todo eso sucedía, y encontrarse con uno de aquellos seres errantes, al que, no sabía cómo, había estado acariciando el cuero cabelludo hasta el mismo momento de despertar, entró en tal estado de angustia y terror que apenas pudo tirar hacia atrás de aquella putrefacta cabeza.

   La agitada voz de Cornelio sonó desde detrás del zombi casi al instante, que, definitivamente, debido a las fuerzas combinadas del joven y el anciano, fue apartado de su presa para, acto seguido, recibir tal hachazo en la cabeza que, de haber habido un notario presente, se habría visto obligado a levantar acta de tan formidable y certero castañazo, evitando así que tal hazaña cayera injustamente en el olvido.

   Viéndose al fin libre de peligro, al menos hasta el siguiente incidente, Sigfrido volvió a tumbarse, esta vez de cara al cielo, y comenzó a resoplar visiblemente aliviado. Cornelio, que se afanaba por recuperar el hacha, había logrado resolver su duda; ahora estaba seguro que aquellos disfraces de brujas, tal como sospechara, les otorgaban el beneficio de ser ignorados por los muertos, y que la causa de que éstos se lanzasen sobre el joven aun vistiendo como una hechicera, se debía, sin duda, a un asunto de olores que debería ser resuelto con la mayor inmediatez. Por otra parte, le preocupaba el modo en que había decidido resolver aquel misterio, exponiendo así la vida de Sigfrido. De hecho, hubo un momento en que, divertido por cómo éste reaccionaba en sueños al olfateo al que el zombi lo sometía, siendo obligada la criatura a tal práctica por el propio Cornelio, estuvo tentado de ver cómo podría acabar todo si no intervenía en la lucha cuando la misma se iniciaba. Por fortuna, aquella descabellada idea no fue más que un acceso de perversión y crueldad que no se alargó más allá de un instante, y acabó reaccionando pronto de la manera más adecuada. Por todo esto, se sentía en la obligación moral de dar una más que merecida explicación a Sigfrido, además de pedirle disculpas, pues éste, en su ignorancia, debía creer que se había tratado de un desafortunado encuentro; pero no lo vio en absoluto oportuno, teniendo en cuenta el peligro real al que había expuesto al joven y su más que previsible enfado en cuanto conociera los hechos. Lo más sensato sería dejarlo pasar, al menos por el momento, confiando en poder perdonarse a sí mismo cuando su ética le pidiera rendir cuentas en la intimidad.

—¿Estás bien? —fue lo único que acertó a decir, con verdadera preocupación, condicionado por la culpabilidad.

   Sigfrido palpó sus ropas, donde podían verse las recientes marcas de dientes.

—No me ha llegado a morder, sólo hizo presa en la ropa, si te refieres a eso; pero he pasado un muy mal rato, la verdad. Gracias por la ayuda.

   —Contando la de ayer, ya me debes dos; pero me siento generoso esta mañana, así que te perdono la deuda contraída —dijo Cornelio, tratando de parecer cercano, como si pudiese limpiar así parte de la oscura mancha con la que acababa de mancillar su alma, que, por aclarar, hacía tiempo que dejó de estar libre de pecados—. Por cierto, deberías lavarte cuanto antes, ese olor que desprendes..., creo que es la causa de que se sientan atraídos por ti.

—No lo entiendo, el caso es que parecía haber atrapado algo entre los dientes, aunque yo no sintiera nada —murmuraba, mientras tanto, Sigfrido para sí, que seguía examinando el vestido con aire ausente.

—Habla más alto, no entiendo lo que dices —se quejó el anciano, molesto por ver que el muchacho no le prestaba atención.

—¡Aquí! ¡Encontré algo! —exclamó el joven, que parecía aferrar una especie de objeto liso y rectangular a través del vestido— ¡Sabía que ese mal nacido había mordido algo, y que ese algo no era yo!

—¿A qué te refieres? ¿Qué es eso? —se interesó Cornelio, que se acercó de inmediato al lugar donde estaba Sigfrido.

—Debe estar en algún bolsillo secreto, pero no me fijé hasta ahora; me pregunto cómo es posible —dijo nervioso el muchacho, que buscaba con las manos la existencia de alguna abertura en el vestido que le permitiese llegar hasta el compartimento recién detectado. 

—¡Vamos! Apresúrate a sacar eso, lo que sea —apremió Cornelio.

   Al fin, tras unos minutos de infructuosa y frenética búsqueda, los dedos del joven dieron con un extraño dobladillo en la parte interior de la falda, tras abrirse paso e introducir la mano en la hosquedad que cubría, acarició al instante una superficie dura y rugosa. Con cuidado, extrajo la mano, que sujetaba su reciente conquista con firmeza. 

   Ambos ahogaron una exclamación al comprobar que el extraño objeto era un viejo libro revestido con tapas tan negras como la noche, largo como las palmas de dos manos juntas, y de un grosor de no más de tres dedos, lo que hacía del mismo una pieza un tanto complicada de esconder con éxito en un vestido convencional, que no era el caso.

—¿Cómo has podido caminar todo este tiempo sin notar que llevabas nada ahí? —preguntó Cornelio, al tiempo que recordaba los continuos tropezones de Sigfrido desde que partieran de la casa derruida vestidos como brujas. Quizás, acababan de hallar la causa.

   Sigfrido, por su parte, comenzó a rememorar su sueño, lamentando profundamente que no fuese real. Sin embargo, la imagen que más se repetía en su cabeza no era la de la hermosa joven desnuda que emergió de entre las aguas con ansias de él y a la que tanto deseó, sino la de aquel lago entre montañas donde tan en paz se hallara, y donde los pájaros, al contrario que sucedía en la dura realidad que le tocaba vivir, regalaban sus agradecidos oídos con su alegre trinar en una hermosa mañana.

—Es extraordinariamente pesado —dijo, volviendo a centrar su interés en el libro.

   Imagen tomada de www.vardablog.wordpress.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier referencia sobre el mismo. Si éste prefiriese la retirada de su obra de esta publicación no tendrá más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.


lunes, 18 de enero de 2016

32. Huyendo en la oscuridad.

   La noche caía sobre el mundo, y las sombras, cada vez más presentes, devoraban con avidez los últimos resquicios de luz. Pronto, los viajeros encontraron verdaderos problemas para moverse por la espesura en medio de tanta oscuridad, algo que les hizo ser presas del desconcierto. Cuando creció en ellos la sospecha de que podían llevar un tiempo dando vueltas sin sentido, el silencio con el que habían acompañado sus pasos hasta entonces fue finalmente quebrado por la voz de Sigfrido, que, desanimado, murmuró:

—Si al menos tuviésemos una antorcha.

—Lamentarnos por aquello que no tenemos no nos servirá de mucho —repuso Cornelio, cuidándose de no alzar la voz más allá de lo que creía conveniente.

—¿Y qué propones entonces?

   Cornelio no respondió al instante.

—Si pienso en el peligro del que huimos y del que no creo que estemos lo suficientemente lejos, recomendaría seguir caminando. Sin embargo, tal como has advertido, carecemos de un medio que nos provea de luz. Seguir a oscuras tiene sus riesgos, sin embargo, no seguir también los tiene —dijo, como pensando en voz alta.

—¿Así es como esperas despejar las dudas?.

—Considero menos peligroso detenernos y pasar la noche, si es lo que quieres saber —concluyó al fin el anciano.

—¿Y si nos sorprenden mientras dormimos?

—Si seguimos dando vueltas sin ver tres en un burro podríamos acabar dándonos de bruces con esos demonios rabiosos, o puede que tengamos más suerte y sólo tropecemos con alguna raíz, o una roca, lo que podría hacer que nos rompiésemos algún hueso, por no mencionar la crisma. ¿Imaginas lo fácil que sería para cualquiera de ellos atraparnos si nos sorprenden con una pierna rota? Al dolor provocado por el accidente tendríamos que sumar el sufrimiento de ver cómo se acercan para después sentir sus dientes desgarrarnos la carne. No sé tú, pero no es algo que me atraiga demasiado —respondió Cornelio.

—Eso sería terrible, sin duda — convino Sigfrido, que se estremeció al imaginar la imagen descrita por el anciano.

—Así es, terrible, incluso peor. Por eso mismo, ante esa nefasta posibilidad, prefiero echarme a dormir. Así, si nos sorprenden de esa guisa, aunque tengamos que sentir sus mordiscos, al menos nos habremos ahorrado algún hueso roto y presenciar cómo se nos echan encima, que ya es algo. Aunque reconozco que la idea me pone la piel de gallina. Pero, ¿sabes?, creo que estos vestidos de bruja son útiles para pasar desapercibidos entre esa escoria. No logro entender cómo a ti sí te atacaron mientras que a mí me ignoraban. Quizás logre desvelar el misterio mañana, si es que sobrevivimos a esta noche. Por el momento, estoy demasiado cansado para pensar.

   Y dicho esto, Cornelio tanteó a su alrededor, lo cual hizo prácticamente a ciegas. Cuando creyó haber encontrado un reducido espacio entre los árboles, indicó a Sigfrido que aquel podría ser un lugar idóneo para pasar la noche, a lo que éste, sabedor de la complejidad de buscar otro distinto, dio su bendición. Ambos se dejaron caer en el suelo, uno frente al otro, con los ojos muy abiertos, a pesar de la negrura, y atentos a los sonidos de la noche. De repente, el anciano comenzó a cubrirse con todas las hojas caducas que tenía a su alrededor, así como la hierba y el musgo. Sigfrido, que comprendió al instante las intenciones del viejo, se apresuró a imitarlo.

—Deberíamos turnarnos y hacer guardia, ¿no crees? —propuso en un susurro.

—Hazla tú, si quieres, que yo estoy demasiado cansado —respondió Cornelio, que parecía estar acomodándose.

—¡Cómo pretendes que pase la noche en vela! ¡También yo estoy cansado!

   Cornelio no respondió. Sigfrido sabía que seguía despierto, pero prefirió no insistir, a fin de cuentas, estaba seguro de que el sueño los acabaría venciendo si decidían oponérsele, a pesar del peligro que corrían, tal era su cansancio.

   No tardó en oír los ronquidos del anciano, pero en lugar de sentirse molesto por ello, lo recibió de buen grado, pues le hizo recordar tiempos mejores, cuando las cosas aún eran como deberían haber seguido siendo por siempre, y no como lo eran desde hacía unas semanas, para desgracia de todos. Ignorando por completo su protagonismo en ello, Sigfrido se preguntó qué clase de misterioso y oscuro acontecimiento habría acaecido para que, de repente, los muertos cobrasen vida y se dedicaran a perseguir a los vivos, anhelando su carne. ¿Y las brujas? ¿Qué decir de esas terribles brujas, a las que, después de muertas, él y Cornelio habían arrebatado sus ropas para usarlas de disfraz? De repente, le vino a la mente la imagen de aquella bellísima mujer de tez pálida, toda ella vestida de blanco inmaculado, que había visto de soslayo en el pequeño cementerio que había junto a la posada que regentaban los padres de Lúcida. ¿Sería también ella una hechicera? ¿Y Lúcida? ¿Qué habría sido de ella y de su hermano, tan valeroso, a pesar de su escasa inteligencia? ¿Y Crisanto el caballero? ¿Seguiría con ellos? Le recordaba bajo y patizambo, con una pronunciada y generosa tripa que iba de un lado a otro cada vez que éste corría. Nadie creería lo hábil que se mostraba con la espada si no lo veía con sus propios ojos. Sin embargo, él, cobarde hasta la médula, ni siquiera fue capaz de ofrecer a Eladio, aquel buen amigo que hizo en el ejército, la posibilidad de acompañarlo cuando, espantado por tanta muerte y locura como vio en la guerra, pretendía desertar, enviándolo de nuevo al frente a base de mentiras, pidiendo que vengase así su pronta muerte, la que nunca se dio, a pesar de tenerla más que merecida, a su juicio. Pobre Eladio. ¿Qué habría sido de él? ¿Y Lúcida? Volvía a pensar en aquella bondadosa chiquilla, que no dudó en llevarle pan y vino cuando lo encontró exhausto, aun a espaldas de sus padres. Recordó vivamente ese momento, cuando bebió de aquella jarra con extrema lentitud, saboreando el preciado caldo que contenía. Cuánto bien le había hecho entonces, y cuánto lo añoraba ahora. Y pensar que pretendía librarse de ella cuando divisó aquella casa donde fue atacado por los familiares del niño espectro, el mismo que le pedía constantemente que clavase una estaca en su corazón antes de la media noche, evitando así su transformación, cosa que, finalmente, ocurrió gracias a su incompetencia y falta de arrojo. Se preguntó si podría odiarse a sí mismo lo suficiente, ¿o quizás merecía compasión?

   Pasaron los minutos, y las imágenes se fueron sucediendo una tras otra, cada vez de un modo más distorsionado e incomprensible, puede que a causa del sueño, que reclamaba con firmeza su tiempo de gobierno sobre él. Una última figura tomó forma en su mente de un modo inesperado, de un aspecto sobrecogedor y terrible; se trataba de un ser oscuro y siniestro cuyo rostro ocultaba por medio de una capucha, y que empuñaba una espada que desprendía un odio indescriptible hacia todo lo vivo. Sigfrido, ya en el umbral del sueño, sintió un escalofrío que le hizo estremecer, para luego caer en un abismo insondable.

   Imagen tomada de www.artelista.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier información sobre el mismo. Si el artista prefiere que su obra no aparezca en esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.



viernes, 15 de enero de 2016

31. Las escobas no son sólo para barrer.

   Dadas las circunstancias, Sigfrido no podía prestar toda su atención a la escoba, que cada vez se agitaba con más fuerza; pues debía concentrarse en correr, cuanto más mejor. Sentía, eso sí, como si una fuerza invisible tirase del objeto hacia arriba, hasta el punto de verse obligado a marchar durante unos metros con el brazo izquierdo cada vez más en alto cual vencedor de una prueba deportiva. Entonces, fueron los pies los que quedaron zapateando en el aire, buscando un suelo que, de repente, había dejado de estar donde debiera. En un desesperado esfuerzo por recuperar el contacto con el terreno, que cada vez estaba más abajo, Valorquebrado, visiblemente turbado, comenzó a agitarse sin soltar la escoba, con lo que comenzó a girar sobre sí mismo mientras seguía elevándose lentamente por el aire.
   Aunque se hallaba en exceso abrumado ante la perspectiva de volar por primera vez, sobre todo por el modo en que esto habría de suceder, acabó concluyendo que siempre sería mejor aquello que terminar en manos de los zombis.
   Justo en el momento en que barajaba la posibilidad de soltar la espada para poder asirse con ambas manos al mango de la escoba y así afirmarse a la misma, fue atacado por un muerto viviente; no el mismo que le arrancara de un mordisco el trozo de tela que faltaba en una de las mangas del vestido y que poseía un tamaño descomunal, si no uno de aspecto menos fiero y de facciones delicadas, y que en vida debió tratarse de un bello mozo que bien pudo haber rendido a sus pies a más de una campesina, independientemente de su estado civil, o eso al menos pensó Sigfrido.
   El que probablemente fuera el menos horrible de los no muertos del contorno, lejos de mostrar el decoro y la amabilidad que lo caracterizaran mientras su corazón latiera, se aferró a las piernas de su aterrorizada víctima y trató de morder allí donde intuyó que sería más sencillo, siendo este lugar la zona más íntima y delicada que pueda albergar el cuerpo de todo varón. Mientras tanto, la escoba seguía su inexorable ascenso, arrastrando con ella a presa y depredador, lo cual sucedía entre gritos de asco y terror, además de algún que otro desagradable gruñido.
   Considerando la gravedad de la amenaza que corría, Sigfrido inició un desesperado forcejeo con su decidido rival, que parecía obsesionado con aquella parte de su cuerpo, que, por mal que pueda sonar, era también la que tenía más a la boca. Durante el transcurso de tan peculiar lance, Sigfrido sintió, con creciente repugnancia, cómo se desplazaba hacia abajo la humedad recién instalada en sus nalgas, lo que pareció provocar más al zombi, si cabe.
   Una vez irrumpió en el claro, ya a ojos de Cornelio, que contemplaba atónito la escena, aquel demonio logró morder lo que con tanto ahínco ansiaba. El aterrado joven sintió el apretón en torno a lo que muchos hombres consideran su mayor tesoro. “¡Mordido!”, pensó sobrecogido y al borde del llanto. Sus esfuerzos por reducir a su rival a golpe de espada, torpes desde el inicio de la refriega, se volvieron entonces más inútiles aún. Fue entonces que sus ojos advirtieron un movimiento allá abajo que le hizo pensar que su muerte era un hecho más que consumado, pues Cornelio, ignorando a los zombis que lo rodeaban, que, a su vez, también parecían ignorarlo a él, apuntaba en su dirección con el hacha y un gesto en la mirada que no le gustó en absoluto. “¿Qué pretende ese loco desgraciado? ¿Acabar conmigo antes de que lo haga este malvado ser?”, pensó Sigfrido desanimado.
   Para colmo de males, la mano con la que se aferraba a la escoba empezaba a perder vigor.
   Cornelio lanzó su arma con decisión, esperando no errar el blanco. Sin duda, aquel era uno de los tiros más difíciles que recordaba haber hecho a lo largo de su vida, pero la urgencia del momento no permitía dudas de ningún tipo. El hecho de que aquellos muertos, para sorpresa suya, pasasen de largo sin mostrar el menor interés en él, le ofrecía la posibilidad, no sólo de ponerse a salvo, si no de intentar salvar también a Sigfrido, que pasaba, sin duda, por un doloroso apuro.
   La presión que ejercían aquellas mandíbulas cedió en el mismo momento en que el hacha, lanzada con indudable maestría, se clavaba en la cabeza del zombi que con tanta dedicación se empleaba en intentar arrancar el bulto que mordía, cayendo sin vida al vacío de tal modo que, por caprichos del destino, durante el inicio de su descenso, acabó bajando los pantalones a Sigfrido hasta los mismos tobillos, algo insólito si se tiene en cuenta que iban por debajo del vestido. Éste, visiblemente aliviado por la repentina ausencia de peligro, arrojó la espada sin mirar hacia dónde lo hacía, que fue a golpear en una de las pantorrillas a Gonzalba, uno de los tres crimínales con los que discutiera Cornelio antes de la espectacular intromisión de Sigfrido y aquella multitud iracunda de zombis que lo perseguía, ocasionándole un feo corte que le hizo caer al suelo con estrépito, e interrumpiendo de ese modo la huida que acababa de emprender, y que propició que el desgraciado comenzara a gritar de dolor y espanto por el inmediato y oscuro futuro que le aguardaba si no lograba recomponerse y salir de allí.
   Ya con las dos manos en la escoba, aunque agotado tras el día de marcha y la intensidad con la que se desarrollaban los acontecimientos, Sigfrido se percató del indecoroso estado de sus pantalones, tanto en lo higiénico como en lo estético, por lo que optó por deshacerse de ellos al instante. “¿Cómo diablos habrá podido ese monstruo engancharse en ellos y bajármelos?”, se preguntaba, mientras trataba de dejarlos caer agitando cansinamente los pies. La respuesta le vino al recordar que había practicado un corte con la espada en la parte trasera del vestido para poder liberarse de su enganche en aquella maldita roca, y que quizás fue por ahí por donde las manos del zombi obraron el incidente que se disponía a solucionar en ese preciso instante.
   Como los bajos de los calzones eran anchos, no le costó demasiado desproveerse de ellos, lo cual agradecía dadas las dificultades de su singular situación. Sin embargo, antes de caer, los pantalones quedaron sujetos únicamente a la punta de su zapato derecho, desprendiendo aún restos de la inmundicia que impregnaba él área que daba a las nalgas mientras vistieron a Sigfrido, que se despidió definitivamente de ellos dando una ridícula patada al aire. En su incierto y escatológico vuelo, las calzas fueron a caer sobre la cabeza de Cascabotes, compañero de Gonzalba, que se inclinaba sobre el susodicho para tratar de auxiliarlo. El infeliz, al sentir los pantalones alojársele en la testa de un modo tan inesperado, y cómo una horrible y maloliente sustancia viscosa comenzaba a descenderle por el rostro, por no mencionar el repentino y nauseabundo hedor, sufrió tal ataque de repugnancia que acabó traspasando por un fatídico momento el umbral de la locura, echando a correr descontroladamente en la dirección en que venían los zombis, que lo recibieron gustosos a mordisco limpio. En honor a la verdad, hay que decir que, al menos al principio, el desgraciado sufrió más por el asco que padecía que por el dolor que le producían tantos dientes al clavársele en la carne. Sus gritos de agonía sólo cesaron cuando le fue arrancada la garganta a causa de una brutal dentellada. Desde el suelo, Gonzalba, horrorizado por lo que acababa de presenciar, trató de alejarse a rastras entre lágrimas de desesperación, pero fue pronto alcanzado por aquellos diablos, que dieron buena cuenta de él sin mostrar la menor compasión. Mientras esto pasaba, aún con vida, pudo ver cómo dos niños, los mismos a los que acababa de dar muerte justo antes de la llegada de aquella bruja con voz de hombre, contemplaban impasibles cómo era despedazado. “Sus espectros, que vienen a presenciar mi final a modo de venganza”, pensó para sí antes de exhalar el último aliento.
   Cornelio, aunque no disfrutó con la forma en la que fueron liquidados aquellos asesinos, si encontró divertido el modo en que Sigfrido, que parecía ignorar cuanto pasaba en el suelo, contribuyó a su caída. “Merecíais la muerte. No sé si del modo en que os ha sido enviada, pero sin duda la merecíais por vuestros crímenes. Una pena que sólo hayáis caído dos”, se dijo. Anduvo por el claro hasta recuperar su hacha y la vieja espada del muchacho. Al ver que Sigfrido y su escoba, a la que el joven apenas sí era capaz de permanecer sujeto unos segundos más, se precipitaban contra los árboles, se desplazó hacia allí sin dejar de maravillarse por la facilidad con la que se movía entre los muertos, que acudían en tropel al festín recién iniciado, donde exigirían su participación al resto de comensales. “Debe ser el vestido de bruja que llevo puesto, no cabe otra explicación. ¿Pero por qué sí atacaron al muchacho? ¿Y por qué echó a volar su escoba?”, se preguntaba el viejo contrariado.
   Encontró a Sigfrido sentado, con la espalda apoyada en un roble, temblando, con la escoba junto a él, en el suelo. Extendía sus piernas desnudas a lo largo del irregular firme, salpicado de hierbas diversas, musgo, y pequeñas piedras. El mal olor lo acompañaba, aunque Cornelio se esforzó por no dar muestras de repulsa.
   El joven no parecía contento de verle.
—¿Lo oyes? —preguntó Sigfrido enojado, que agitaba energicamente el vestido, lo que provocaba un tintineo metálico que provenía de debajo del mismo—. Es la cota de mallas que llevo puesta bajo el puñetero disfraz, capaz de detener mordiscos y arañazos, no así afiladas hachas que son arrojadas a toda velocidad por brazos que responden a mentes de ancianos intrépidos que se niegan a aceptar el peso de la edad y juegan a ser aventureros —obvió mencionar que también él había olvidado que vestía aquella armadura, que redescubrió con alivió al comprobar el estado de la zona mordida, que no había sufrido ningún daño de importancia, por fortuna—. ¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿No te das cuenta de que casi acabas conmigo? Sí, por supuesto que sabías que podrías matarme. Lo vi en tus ojos.
   Cornelio estuvo a punto de no decir nada, pero tampoco veía motivos para permanecer callado, de modo que habló.
—Y eso lo dices tú, un mozo que huye de su propia sombra, incapaz de sostener una espada de un modo decente y que no hace más que gritar y correr cada vez que las cosas se ponen feas, pero que aun así insiste en aparentar una entereza que está lejos de tener.
—¿Cómo te atreves a pensar así de mí? —se ofendió Sigfrido, aunque en realidad se sentía más avergonzado que otra cosa.
—¿Qué quieres que piense? Es la segunda vez desde que te conozco, que no son más de dos días, que veo unos pantalones manchados, y no por un uso continuado, precisamente.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué les ha pasado a tus pantalones? ¿Puedes explicar eso? —preguntó Cornelio, señalando las piernas desnudas de Sigfrido.
   El joven carraspeó incomodo antes de responder.
—¡Oh! Mis pantalones. Bueno, ese maldito bicho los echó a perder, así que tuve que deshacerme de ellos. ¿No hueles esa porquería? Es de él. Como comprenderás, no puedo ir así a ninguna parte. Tendría que lavarme cuanto antes, cosa que haré en en el primer riachuelo que vea.
   Cornelio sostuvo la mirada de Sigfrido, aunque la contienda no duró mucho, puesto que el joven no tardó en apartarla, como si ocurriese algo en el suelo que, de repente, requiriese de toda su atención..
—Ya —dijo al fin. “No quieres enterarte, muchacho, que el teatro no te servirá de nada. Tarde o temprano la función tendrá que acabar, de un modo u otro, quieras o no”, pensó malhumorado para sus adentros.
   De súbito, un terrible rugido se oyó en los alrededores, seguido de un grito de espanto que acabó transformándose en un alarido que evidenciaba un sufrimiento agónico, insoportable, y que Cornelio reconoció como la voz del cabecilla, al que había dado por fugitivo. Desde luego, de alguna manera, parecía haber encontrado un final espantoso, cosa que merecía, a su juicio, y eso mejoró considerablemente su humor.
—Será mejor que nos marchemos de aquí, éste no es un buen lugar para pasar la noche —dijo.
—Estoy de acuerdo —respondió Sigfrido, más por acercar posturas con el anciano que por saber realmente lo que decía, aunque es cierto que no le hubiese apetecido en absoluto pasar la noche tan cerca de una horda de zombis y de lo que se le antojaba debía ser una bestia de incuestionable fiereza y voracidad, teniendo en cuenta el rugido de la misma y el horrible grito de la víctima.
   Y así fue que, a pesar de ser prácticamente de noche, prosiguieron la marcha en el más absoluto silencio. 
   Imagen tomada de www.poetaaljaan.blogspot.com Desconozco la identidad del autor, por lo que se agradecerá cualquier información al respecto. Si éste prefiriese que eliminase su obra de esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo.

domingo, 10 de enero de 2016

30. Las voces del claro.

   Cornelio se movía por la espesura haciendo gala de una formidable destreza sin apenas ocasionar ruido; nada que ver con Sigfrido, al que había dejado momentáneamente atrás, y que se afanaba por resolver un problema ocasionado por su propia torpeza. Lo que más molestaba al resuelto anciano del joven no era su falta de habilidad, si no su empeño en ocultar la misma y no reconocerla. ¿Qué pretendía con esa actitud? Quizás, con el paso de los años, si es que era posible sobrevivir tanto tiempo en aquel inhóspito lugar en el que se había convertido el mundo desde que se iniciaran aquellos oscuros incidentes, el muchacho lograse madurar lo suficiente como para darse cuenta de lo inútil que resulta ir a todas partes con una venda puesta en los ojos y, a su vez, tratar de poner otra en los de los demás. “No”, resolvió para sí, mientras lo imaginaba tratando de soltar el vestido de la enorme piedra donde se había enganchado. “No tendrá tanto tiempo. O deja de hacer el imbécil y crece de golpe, o será devorado por este infierno en vida”. 
   Sabía que su ayuda podría serle de gran utilidad a Sigfrido para que éste superase las muchas inseguridades que lo atormentaban. Se había percatado del excesivo respeto con el que el muchacho lo miraba, de su miedo, así como su preocupación por ocultarle sus muchas debilidades. Podría servirse de todo eso para hacerle aprender alguna que otra lección. Ya pensaría más adelante qué hacer al respecto. Por el momento, trataría de emplearse en él con algo menos de dureza de lo que venía haciendo hasta entonces, algo que no le resultaría sencillo, dado su carácter natural. "Además, qué puedes aconsejarle tú, con tantas oscuridades con las que convives", acabó reflexionando.

   Ahora, bastante más cerca de las voces, pudo distinguir algunas palabras, aunque no lograba hilvanarlas de modo que pudiera hacerse una idea sobre qué hablaban. Sí estaba seguro de que no había ninguna mujer entre los reunidos, a menos que hablara en adelante o que hubiese resuelto permanecer en silencio, lo cual averiguaría en cuanto pudiese acechar su objetivo sin ser visto, como era su intención.

—Regístralos y mira a ver qué puedes encontrar que sea de valor —dijo una de las voces, la que parecía tener más autoridad, siendo esta la primera frase con sentido que llegaba a los oídos de Cornelio.

   No le gustó en absoluto.

—Si pudiese adivinarse cuánto de valor lleva encima alguien por el modo en que llora mientras es amenazado nos ahorraríamos la desagradable tarea de registrar los cadáveres —dijo otra voz, que, a pesar de la protesta, hablaba en tono sumiso.

—¡Qué diablos! ¿Y perdernos la diversión? ¡Ni hablar! Es justo cuando se registran los cuerpos que cobra sentido nuestra profesión, tan floreciente últimamente —terció alguien más con tono decidido.

   No, decididamente, a Cornelio no le gustaba en absoluto lo que escuchaba. Buscó cobijo entre unos matorrales y agudizó el oído, concluyendo no dar un paso más hasta hacerse una imagen más precisa del tipo de gente con el que habría de tratar, si es que, finalmente, consideraba beneficioso contactar con ellos.

—¡Dejaos de cháchara y poneos a trabajar de una vez! —ordenó la voz que hablara por primera vez, sonando mucho más autoritaria que antes—. Si no veis nada entre sus ropas no dudéis en desnudarlos, hombres y niños por igual, que ya sé que a las mujeres bien que las desvestís aunque nada se os diga.

—Ni aunque nada se nos diga, ni por más cosas que les encontremos en los vestidos. Si son jóvenes y hermosas, las desnudamos igualmente —bromeó con crueldad el que había hablado tercero.

—Y es entonces que descubrimos el mayor de sus tesoros —convino el que hablara segundo—. Una pena no poder llevárnoslas con nosotros más que en la memoria. Sí, tienes razón, Gonzalba, cuando dices que es en el momento del registro a los cadáveres cuando el oficio se vuelve interesante, siempre que el cuerpo sea el de una buena moza.

   Hubo algunas risas. Cornelio, por su parte, estaba horrorizado. Con gusto saltaría de entre los árboles y arrojaría su hacha a esos tres indeseables, sin darles la menor oportunidad de explicarse. No, nadie que hablara así, ni siquiera en broma, merecía su atención, mucho menos su perdón, no sin antes perdonarse a sí mismo ciertos asuntos del pasado, lejano y reciente. "¿Existe el perdón verdadero acaso?". Las chanzas malintencionadas continuaron, lo que no hacía más que aumentar la indignación del malhumorado anciano. Entonces, recordando que vestía como una bruja, se le ocurrió que, quizás, si actuaba correctamente, podría vengarse de aquellos indeseables y hacerles pasar un buen susto, incluso matarlos, si sus sospechas se confirmaban y eran, como pensaba, autores de un horrendo crimen. En condiciones normales debería considerar su plan como una verdadera locura, un sin sentido, sin embargo, el hecho de que hubiese fuerzas maléficas vagando con total libertad por el mundo, que bien podrían haber salido de los cuentos que las abuelas contaban a sus nietos en las frías noches de invierno al calor del hogar, hacía que, en aquellos momentos, gozase de bastantes probabilidades de éxito. ¿Quién se atrevería a dudar de la autenticidad de una vieja bruja después de haber visto muertos vivientes, y quién sabe si algo más?

   Siendo consciente de lo que podría costarle aquello de salir mal la jugada, Cornelio barajó por un instante la posibilidad de dejar marchar aquella idea del mismo modo en que había llegado. Sin embargo, concluyó que no abandonaría ahora que estaba decidido. Dejó su escondite y caminó tranquilamente hacia el lugar de donde provenían aquellas voces, que seguían dejando escapar besadas bromas acerca de asuntos oscuros e hirientes. En cuanto resultó evidente que alguien se acercaba, se hizo el silencio. Cornelio Malhadado disfrutó con aquello, imaginando la incertidumbre y el desconcierto en que debían estar sumidos aquellos indeseables. “Esto es una locura. Conseguiré que me maten”, se dijo a sí mismo. “Nada de eso. Ya verás la cara que ponen cuando te vean aparecer”, pensó casi al instante, tratando de convencerse a sí mismo.

   La densa arboleda se interrumpió de repente, dando paso a un claro salpicado de matojos y algún que otro tocón, restos de lo que en el pasado debieron ser orgullosos robles. Tres individuos, con aspecto de no ser gente de fiar, y que esgrimían espadas y dagas, observaban expectantes y con gesto de sorpresa al viejo que con tanto descaro se presentaba ante ellos. Cornelio pudo ver el miedo asomar a sus ojos cuando creyeron estar ante una bruja. En el suelo, prácticamente a los pies de aquella especie de vándalos, yacían no menos de seis cuerpos, entre hombres, mujeres, e incluso niños. Algunos habían sido abatidos con flechas, que parecían sobresalir de allí donde habían sido clavadas, ofreciendo su penacho al cielo a modo de cruenta flor mortífera cuya raíz arraigó con firmeza en la carne de sus víctimas. El anciano reparó entonces en que dos de aquellos sujetos cargaban a la espalda un carcaj atiborrado de flechas cada uno, y aunque no alcanzó a ver los arcos, era evidente que debían estar tirados por el suelo, junto a ellos. Las hojas de las armas que empuñaban estaban manchadas de sangre, y aunque no había presenciado la escena, pudo ver la culpabilidad en los rostros de aquellos malvados, o eso al menos le pareció. “Quizás eran zombis a los que han dado muerte, y bromeaban sólo para ahuyentar al miedo”, pensó en última instancia. Sí, aquella era una posibilidad que no había tenido en cuenta hasta ese preciso momento, aun así, debía andarse con cuidado. Forzó la vista cuanto pudo, tratando de discernir si los cuerpos sufrían golpes o perforaciones en sus cabezas, pero no lograba verlo con claridad desde donde estaba.

   Los hombres seguían en silencio, inmóviles, aún presas de la confusión.

—La muerte sobreviene con demasiada frecuencia últimamente. La puedes encontrar en cualquier rincón adoptando formas inesperadas —dijo Cornelio, sin preocuparse en adoptar un tono distinto al suyo, imaginando los devastadores efectos que podía ocasionar la voz de un hombre, por muy anciano que fuese, en aquello que todos darían por una mujer desgastada por el paso del tiempo, sobre todo si ésta tenía el aspecto de una terrible hechicera, como era el caso.

   Tal como esperaba, no obtuvo respuesta.

—Me pregunto qué hacían estos infelices antes de perecer —miró a los tres hombres con malicia, cada vez más convencido de que eran los causantes del fatal desenlace de aquellos pobres desgraciados. Casi podía verlo en sus ojos—. Vosotros tenéis pinta de saber qué les ha pasado. Decidme, ¿cómo murieron? ¿A quién o quiénes deben su sufrimiento?

   Cornelio sabía que había ido demasiado lejos, no había vuelta atrás.

—No... Yo... —comenzó balbuceando uno de ellos. En cuanto le oyó hablar, Cornelio supo de quién se trataba.

—Dime, Gonzalba, tú que encuentras placer en registrar a los muertos, que no necesitas que una mujer que yace sin vida no lleve nada de valor entre sus ropas para desnudarla y saciar así tu asquerosa e insana lascivia, ¿qué fue lo último que dijo el niño que yace a tus pies antes de ser traspasado por tu espada, o no pudo hablar, ahogado por el llanto que le provocaba el miedo a morir? ¡Habla! A no ser que prefieras que te arranque el corazón y te lo haga comer para ver cómo lo vomitas después.

   El hombre se agitó inquieto, aturdido porque aquella bruja, o lo que fuese, conociera su nombre, y visiblemente afectado por la oscura amenaza que acababa de recibir de ésta.

—A éste no lo maté yo, fue... —buscó con la cabeza al que tenía más cerca.

—¿Vas a decirle que fui yo, vil traidor? —preguntó nervioso el aludido, al que Cornelio reconoció como el dueño de la segunda voz—. Entonces no te importará que le diga como apretabas el cuello de aquella joven, la que te suplicaba que la dejases vivir a cambio de dejarse hacer todo cuanto quisieses.

   El viejo los escuchaba apenado y furibundo. Aunque rechazaban aquello que no hubiesen hecho ellos mismos, no tenían el menor problema en reconocer el crimen que sí habían cometido con sus propias manos. Cornelio era de la opinión de que merecían algo más que la muerte, que se le antojaba demasiado piadosa.

—Nosotros matamos, pero es él quien ordena, y también mata, con más saña y crueldad aun que nosotros, si cabe —dijo Gonzalba, señalando hacia el tercer individuo, que seguía guardando silencio. Diríase que guardaba mejor la compostura que sus secuaces, que parecían tener menos sangre fría.

—¡Ratas asquerosas! ¿Cómo os atrevéis a culparme de vuestras fechorías? ¿Pretendéis acaso que pague por todos? ¿Creéis que yo no puedo haceros lo mismo que ella os ha dicho que haría con vuestro corazón? —protestó enojado el que, a todas luces, debía ser el cabecilla.

—A mí no me dijo que fuera a hacerme nada, fue a Gonzalba —explicó el que estaba junto al susodicho, como si él estuviese libre de cargos de conciencia.

—Yo diría que eso nos incluía a todos, Cascabotes —dijo Gonzalba, llamando a su compañero por lo que debía ser su mote.

—¡Malditos estúpidos! Sois incapaces de preguntaros qué diablos hace una bruja tratando de ajusticiar a unos maleantes. ¿No os dais cuenta de que aquí huele a chamusquina? —dijo el supuesto jefe.

—Es cierto. ¿Qué es todo esto? —preguntó Gonzalba, volviéndose hacia Cornelio.

—Sí. ¿Qué tienes que decir ahora, bruja? —continuó Cascabotes.

   Antes de que Cornelio pudiese responder, el sonido de una voz que gritaba, como respondiendo a las exigencias de un esfuerzo agotador, les llegó desde muy atrás. Los malhechores, que parecían haberse envalentonado, retrocedieron un paso, acongojados por tan inesperado evento. El anciano, aunque también se sobresaltó, logró mantener la calma, pues había reconocido el timbre de voz de Sigfrido. Tras un momento de aparente tranquilidad, el grito se repetió con la misma intensidad que el anterior. ¿Qué estaría sucediendo? No pasó mucho antes de que al claro llegase el eco de un insulto que se repitió por tres veces con un tono de crispación: “¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido!”, pudieron oír con claridad, lo cual provocó un total desconcierto, no sólo en la panda de criminales, sino que también en el propio anciano, que no sabía cómo interpretar aquello. Reinó entonces un momento de silencio, más largo esta vez, al final del cual, justo cuando Cornelio y sus rivales parecían recobrar la compostura y se decidían a continuar con el asunto que les ocupaba, volvió a oírse un nuevo grito, en esta ocasión aterrador, casi agónico. El anciano se alertó sobremanera, pues aquella era también la voz de Sigfrido, y era indudable que se hallaba en un serio aprieto.

   Los asesinos, que ya se esperaban lo peor, pues también llegaban al claro los lamentos y quejidos que solían acompañar a los muertos vivientes allí donde iban, se giraron repentinamente sobre sus talones, dando la espalda al viejo, y emprendieron una atropellada y vergonzosa huída. Cornelio, que, a su vez, se había vuelto por instinto hacia aquella sucesión de sonidos, muchos de ellos nacidos de la garganta de su joven compañero de viaje, cayó presa de la confusión cuando el estridente chillido de lo que supuso debía ser una mujer le hizo estremecerse sobremanera. Entonces, cuando también él comenzaba a retroceder, convencido de que pocas sorpresas cabía esperar ya después de aquello, la figura de Sigfrido, al que descubrió como único autor de aquel afeminado alarido, irrumpió en el claro de una forma tan inesperada como fortuita, pues lo hizo agarrado de una mano, la izquierda, a la destartalada escoba, que levitaba a unos cuatro metros del suelo, casi a la altura de las copas de la mayoría de árboles de alrededor. Con los ojos desorbitados, Sigfrido mantenía la mirada puesta en un zombi, al cual arrastraba consigo en el aire, y que estaba sujeto a él por las piernas, dispuesto a morderle en cuanto tuviese ocasión. Con la diestra, la que empuñaba la espada, trataba de acertar una y otra vez, sin éxito, a la cabeza de su incansable atacante. La escoba, que apenas era capaz de mantener el rumbo con firmeza, tal vez, debido al lamentable estado en el que había quedado tras el accidente sufrido con su anterior dueña, sumado al ajetreo que se traía el singular pasaje que transportaba en ese momento, comenzó a ganar altura lentamente.

   “Este muchacho y las cosas que le ocurren se salen de lo normal”, pensó Cornelio, que acarició la hoja de su hacha, intuyendo que tendría que hacer uso de ella en breve.

   De súbito, la horda de zombis irrumpió ruidosamente en el claro igual que lo haría un descontrolado torrente de agua turbia y putrefacta.

   Imagen tomada de www.serjio-c.deviantart.com Desconozco al autor, por lo que se agradecerá cualquier referencia al mismo. Si éste prefiriese la retirada de su obra de esta publicación, no tiene más que ponerse en contacto conmigo y hacérmelo saber.


sábado, 9 de enero de 2016

29. El enganche.

   Sigfrido seguía de cerca a Cornelio, o eso al menos trataba de hacer, pues sus problemas para moverse con aquel maldito vestido se acrecentaban conforme más se adentraban en la maleza, cada vez más densa. Para colmo, la luz menguaba demasiado deprisa, lo que hacía que todo fuese más difícil. Se le ocurrió que, si sujetaba el vestido con una mano, ya que debía emplear la otra para sujetar la maltrecha escoba, que hacía las veces de bastón, sus piernas gozarían de una mayor libertad, cosa que sucedió, aunque el resultado seguía estando lejos del deseado. Cornelio, sin embargo, seguía mostrando una facilidad pasmosa para desplazarse por la espesura sin el menor contratiempo, lo cual enfurecía sobremanera a Sigfrido, que no podía evitar murmurar por lo bajo toda suerte de improperios dedicados, como no podía ser de otra manera, al habilidoso anciano; de buen gusto le habría soltado alguno a voz en grito, aun sin un motivo real, pero la imagen del hacha del viejo volando hacia él le disuadía de hacerlo. No, seguiría maldiciendo en la sombra como el cobarde que era, sólo así tendría garantías de seguir de una pieza. 

   De repente, una voluminosa piedra se interpuso en su camino. 

   Como si de un obstáculo más se tratase, Sigfrido alargó la zancada todo lo que pudo. Tiró del vestido más hacia arriba y, tras apoyar el pie que quedó delante, se dispuso a mover el que había quedado atrás. Hasta ese momento, todo parecía ir bien, pero cuando el escollo estaba a punto de ser salvado, el bajo del vestido, el que guardaba la retaguardia, se tensó en exceso, lo cual fue acompañado de un desagradable ruido; el de la tela al desgarrarse. El joven permaneció inmóvil un instante, luchando por contenerse y no estallar a causa de la frustración. Desde que se había puesto aquel maldito traje no hacía más que tropezar, algo de lo que ya estaba francamente harto. Y lo peor de todo era que no había forma de disimular el lamentable incidente, pues el anciano no perdía detalle de todas y cada una de sus torpezas.

   Las voces hacia las que se dirigían seguían sin callar.

   Cornelio se volvió hacia Sigfrido con gesto iracundo.

—¿Es esa tu idea de acercarnos en el más absoluto silencio a unos desconocidos? —preguntó casi en un susurro, apretando los dientes.

   El muchacho no respondió, dedicaba todos sus esfuerzos a soltar el vestido, algo que parecía resistírsele.

—¡No puedo creerlo! —se desesperó Cornelio—. Oye, apáñatelas tú solo. Si voy a soltarte nunca aprenderás a valerte por ti mismo. Estaré esperándote más adelante, oculto en la maleza mientras trato de ver quiénes son esos que hablan tan descuidadamente, como si no hubiese nada que temer. No quisiera que se marchasen mientras te echo una mano. Intenta no retrasarte demasiado, muchacho.

   Y dicho esto, el viejo se perdió en la espesura, dejando solo a Sigfrido, que volvió a centrarse en hallar el modo de desenganchar el puñetero vestido. Pero por más vueltas que le daba, siempre acababa tirando del mismo presa de los nervios, hasta que las fuerzas lo abandonaban y se veía obligado a parar para tomar aire. Fue durante uno de estos descansos, sentado sobre la misma piedra que aprisionaba su falda, que, de repente, sintió que había dejado de estar solo. Por un momento pensó que podía tratarse de Cornelio, que tras hacer las comprobaciones pertinentes y dialogar brevemente con aquellos a los que había ido a espiar, volvía para ayudarle mientras lo increpaba por su exagerada tardanza; de hecho, le pareció oír su voz mezclada con las otras en alguna ocasión mientras se afanaba en solucionar su sastreril percance. Sin embargo, lo más lógico era que el anciano volviese por el mismo sitio por donde se había marchado y no por detrás, que era por donde sus sentidos le advertían que venía la inesperada visita. Un lastimoso lamento, desagradablemente familiar, le llegó por la espalda, haciendo que un escalofrío le recorriese el cuerpo de arriba a abajo. Los nervios lo atenazaron de tal modo que apenas fue capaz de reunir el valor suficiente para volverse a comprobar que sus temores no eran obra de su imaginación, cosa que hubiera deseado.

   Y no lo eran, para desgracia suya. 

   Un nuevo lamento siguió al primero, y varios gemidos se alzaron al unísono sin orden ni concierto. Entonces, oyó los muchos pasos, que pisaban la hierba desapasionadamente, como sólo alguien que es movido por la apatía más insoportable sería capaz de hacer.

   Al fin, Sigfrido volvió lentamente la cabeza conteniendo la respiración. La visión que ante él tenía era, para colmo de males, la que esperaba, que, a su vez, resultaba sencillamente aterradora; pues una multitud de muertos animados, todos ellos de rostros grotescos y mirada vacía, avanzaban hacia él con ese torpe caminar tan característico de aquella especie venida de algún infierno. Tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo, fue bajo el gobierno del miedo más primigenio. Su primera intención fue correr, pero el vestido seguía enganchado a la piedra que le había servido de asiento. Al ver que su primer intento de huída era inútil, pasó a dar nuevos tirones a la falda, todos ellos descoordinados y poco efectivos a causa de la creciente agitación. Los zombis, mientras tanto, acortaban la distancia.

   Como ninguno de sus intentos funcionaba, Sigfrido decidió probar otra cosa. Se acuclilló nervioso y trató de alzar la piedra con ambas manos. Un grito brotó de su garganta debido al descomunal esfuerzo. Aquello pareció excitar sobremanera a esos malditos seres, pues avivaron el paso de un modo extraordinario en su dirección. Con desazón, el joven comprobó que no había logrado mover la piedra un solo milímetro, pero la urgencia del momento le hizo repetir el intento una vez más, con idéntico resultado. Entonces, volvió a dar tirones del vestido, encontrándose cada vez con más necesidad y menos ideas para resolver el problema que enfrentaba. 

   De súbito, pensó en pedir auxilio. Quizás, si lograba alzar la voz lo suficiente, Cornelio y los otros pudiesen oírle y llegasen a tiempo de salvarle de una muerte horrible. Sin embargo, estaba tan asustado que ni siquiera fue capaz de emitir sonido alguno en ninguna de las ocasiones en que trató de pronunciar palabra. Logró, eso sí, gemir desesperado, abrumado por la idea de verse envuelto por un número infinito de brazos que querrían sujetarlo mientras un sinfín de dientes se hundían en su carne. "¡Qué horrible final!", se dijo abrumado. Espantado ante la perspectiva de ser devorado, resolvió negarse a mirar cómo se acercaban los no muertos y decidió centrar sus esfuerzos, todos, en liberarse de algún modo.

   Llevaba un rato sintiendo una molestia en el costado, y sólo cuando se llevó la mano a ese lugar, tratando de encontrar alivio, tanteó la espada. “¡Estúpido! ¡Estúpido! ¡Estúpido!”, exclamó crispado hasta tres veces. Desenvainó raudo la vieja arma y la emprendió a golpes con la parte baja del vestido, que comenzó a desgarrarse con cada tajo que acertaba a dar. De cuando en cuando, a pesar de haberse propuesto lo contrario, cedía a la tentación y alzaba la mirada, comprobando con pavor que se le agotaba el tiempo, lo que hacía que imprimiese a su brazo un ritmo más vivo pero también menos preciso. 

   Los muertos se acercaban y gemían, como deseando probar su carne, o eso le pareció. También él gemía sin cesar, pero presa de los nervios y el miedo.

   Al fin, luego de un certero y afortunado golpe de la espada, logró zafarse. Contempló el roto que había ocasionado en su vestido rebosante de alegría. ¿Cómo era posible que aquella tela fuese tan resistente?, pensaba. Un gruñido que sonó demasiado cercano le hizo no buscar respuesta a esa pregunta. Ante él, a no más de tres pasos, un muerto de tamaño descomunal, que le hizo preguntarse si podría tratarse de Alonso o algún pariente de éste, se acercaba a su posición. Le desconcertó el hecho de que no centrase su vista en él, como solía suceder con todos los zombis con los que se había cruzado hasta el momento, y que siempre habían tratado de atacarle desde el primer instante. Rápidamente, convencido de que sería mejor ocupar las dos manos con objetos, logrando de ese modo una mejor defensa, tomó la escoba con la izquierda mientras empuñaba inseguro la espada con la diestra. Dio un nervioso paso atrás, siempre encarando al que estaba convencido era su rival, pero, para su sorpresa, éste pasó de largo, como si ignorara su existencia. Un nuevo gemido llamó su atención; otro zombi, menos imponente que el anterior, y que tampoco pareció prestarle la menor atención. Lo mismo sucedió con el tercero, y con el cuarto. Todos aquellos muertos actuaban como si no estuviese allí, para alivio suyo. Sin embargo, si no estaban interesados en él, ¿por qué habían ido en su dirección para luego dejarlo atrás? “Las voces”, pensó. “Les atraen las voces. Tengo que advertir a esos insensatos del peligro que corren”. Hizo ademán de gritar de nuevo y avisar así a Cornelio y los otros, quienes quiera que fuesen, pero se percató de inmediato de que cualquier gesto brusco llamaba rápidamente la atención de aquellos pobres diablos, así que tendría que apañárselas para llegar al lugar de dónde venían las voces antes de que lo hiciesen aquellos desgraciados seres. Comenzó entonces a caminar entre ellos, temiendo ser atacado de un momento a otro, pero siguió sin suceder nada, al menos durante los primeros pasos. Quizás pudo adivinar alguna que otra mirada curiosa por parte de aquellos grotescos individuos, los más cercanos, que, aunque carecieran de vida, parecían hacerse alguna pregunta acerca de ese extraño individuo con la cara manchada de tierra y que vestía como una bruja, incluso tocado con un largo sombrero picudo negro, que agarraba de una forma tan insegura aquella destartalada escoba y los acompañaba en su viaje sin rumbo a ninguna parte, sin más deseo que el de acabar con cualquier signo de vida que se cruzase en su camino.

   Poco a poco, con el mayor disimulo que fue capaz, Sigfrido fue aumentando el ritmo de sus pasos hasta dar alcance a los zombis que encabezaban la horda. Marchaba ya junto al primero de todos, que resultó ser el de gran tamaño, oyendo más claramente las voces, cuando sus tripas, acusando las muchas emociones a las que habían sido expuestas en tan poco tiempo, cedieron a la presión en lo que fue una escatológica sinfonía de podredumbre y humillación. El joven tuvo ganas de llorar. Aquello era algo que venía repitiéndose demasiado a menudo desde que el mundo decidiera derrumbarse a toda velocidad. Incómodo, obligado a aminorar el paso a causa de la desagradable humedad que impregnaba sus nalgas, volvió instintivamente la mirada hacia el descomunal no muerto del que tan cerca andaba, descubriendo, para su horror, que éste, decididamente atraído por la inmundicia que acababa de suceder, lo observaba con un gesto donde convivían el deseo y el odio, si es que eso podía darse en una criatura que, aparentemente, carecía de los sentimientos propios de un ser vivo. La bestia, pues pocos calificativos podrían venir mejor a este espécimen, estiró los brazos hacia Sigfrido, al que, a pesar de que intentara huir, logró agarrar por el vestido en última instancia. 

   Viendo tan cerca su final, el asustado muchacho, sintiendo los dientes de su depredador clavarse en la tela de la manga que cubría uno de sus brazos, el que esgrimía la espada, gritó tanto como se lo permitieron sus pulmones al tiempo que trataba de correr. La fortuna estaba de su parte, pues el zombi, de veras furioso, al menos a ojos de Sigfrido, arrancó el trozo de vestido en el que había hecho presa con aquel salvaje mordisco, lo que propició la fuga del asustado joven, que movió las piernas tan rápido como pudo. 

   Tras él, la hueste de no muertos gruñía iracunda, anhelando su carne. Delante, las voces habían callado, expectantes, sin duda, a los extraños ruidos que les llegaban desde allí. Sigfrido, dispuesto a ponerles sobre aviso, volvió a gritar. Era tal el estado en que se encontraba, que cualquiera hubiese pensado que el autor de aquel chillido bien podría haber sido una mujer, debido a la agudeza que acompañaba al torrente de voz que escupía atropelladamente su garganta.

   De repente, la escoba comenzó a vibrar, como queriendo tirar de él hacia arriba. “¿Qué diablos pasa ahora?”, pensó Sigfrido.

   Imagen tomada de www.elsecretomundodedeanika.blogspot.com Desconozco su autor, por lo que será de agradecer cualquier referencia al mismo para reflejarlo en la publicación. Si, por el contrario, el creador prefiriese la retirada de la imagen, no tendrá más que hacérmelo saber.